He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios.
- Cuerpo Editorial

- 26 ago 2017
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Estas palabras están registradas en el capítulo 7 de Hechos de los apóstoles donde se relata el testimonio y fin de la vida de Esteban debido a ser atacado por la turba religiosa. Su testimonio es una declaración de fe en el Espíritu, pues Esteban estaba lleno del Espíritu Santo, es una visión para creerla, un aviso de esperanza, es una descripción corta de la gloria y majestad de la Deidad.
Dice el Espíritu que Esteban vio los cielos abiertos, dando a entender que no son distancias sino espacios espirituales creados por Dios para ver su gloria, no es posible verla a través de ojos físicos, sólo se puede ver por el Espíritu y así lo vio Esteban. Él no conoció al Señor Jesús en la carne ya que solo tuvo referencias verbales de los apóstoles de quién fue Jesús de Nazaret. Sin embargo, y de acuerdo a lo que el Señor dijo, declaró Esteban a través de su voz audible, pero con la visión que otorga el Espíritu Santo que vio al Hijo del Hombre (Jesucristo) sentado en su trono, a la diestra de Dios (el Padre) y no dijo cómo eran o lucían, pero identificó dos siluetas distintas entre sí llenas de gloria, luz, poder, majestad que son inefables de describir. Ya luego, por ardor e ira le asesinaron, incapaces de escuchar más que el Señor Jesús efectivamente les venció, venció al mundo, al pecado y a la muerte para ser Soberano y Rey en funciones.
Esteban no tuvo conexión física con el Señor Jesús, pero en llenura de fe y por el Espíritu, le conoció, dio testimonio de él, dijo dónde y con quien estaba, le hizo dos peticiones y murió. Sobre él se hizo efectiva una de las bienaventuranzas dichas por el Señor Jesús cuando andaba en su ministerio: “Bienaventurados los de limpio corazón porque ellos verán a Dios”. Es así como aun en estos días quien procure esto (tener el corazón limpio) le será concedido contemplar la Majestad de la Deidad con los ojos espirituales así como nuestro amado hermano en la fe Esteban.
No así Juan que le conoció en la carne pero le desconoció en su forma espiritual teniendo el Señor Jesús que volverse a presentar cuando le concedió a él las revelaciones del fin de los tiempos; o Pablo (en ese entonces Saulo), ni siquiera sabía cómo lucía pero ellos también vieron su presencia real, la majestad del Señor, uno llevado por el Espíritu (Juan) y el otro siendo avasallado por una luz cegadora (Saulo) aquí en la tierra, pues la carne no tiene parte, suerte ni potestad de verle al Señor en su forma celestial.
El Espíritu nunca miente. Y en toda referencia actual al Señor Jesús debemos estar seguros que él efectivamente reina en poder a la diestra de Dios Padre. Ya sabemos que El que está sentado en el trono es el Padre, y su Ungido, su Príncipe de Paz es Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, que ahora le concedió se sentase a su diestra, símbolo que es Su Poder ejecutivo. Ahora todo emerge, converge y diverge a través del Señor Jesucristo. El nuevo pacto nos da la idea y definición más precisa de la Deidad, así que no tenemos por qué buscar en un pasado ya lejano lo que no nos compete.
Si en el servicio de las mesas en la iglesia, Esteban fue hallado en gracia para semejante testimonio de ver al Hijo del Hombre en su gloria ¿qué más no podrían haber gozado otros hermanos, o aun nosotros si nos mantenemos fieles en permanecer constantes en la fe, en el amor y dejar que el Espíritu Santo nos llene?
Renunciemos pues a todo contacto vano con el mundo, ¡busquemos la santidad! Amén.




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