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Y expiró comido de gusanos.

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 14 oct 2017
  • 3 Min. de lectura

Este fue el destino aterrador de un rey extranjero (IDUMEO), HERODES, que cayó muerto al no dar gloria a Dios y quererse pasar como Dios, siendo solo un humano hecho autoridad por nuestro Padre en su calidad de Dios.


Tengo que aclarar una cosa muy importante: Dios es Dios para toda cosa o ser viviente, es un Ser Supremo que trabaja día a día en su reino espiritual. A la enseñanza de su Hijo Jesucristo, establece una familiaridad espiritual con la fe en Jesucristo, nos hace hijos y nos da a conocer el nombre perfecto en esta nueva relación con su hijo: “Padre”.

Pero Él sigue siendo Dios para el mundo y para los creyentes en Jesucristo es además ¡nuestro Padre! Por la fe que Él como Dios tuvo a bien darnos para creer. Debe de quedar muy clara esta situación.


Las criaturas del mundo siempre le dicen Dios y Señor y esto es un acierto, pues no le pueden decir Padre si no han creído al nombre de Jesucristo como su Hijo primero. Muchas religiones han continuado con el mundo comunicándose por medio del paganismo o sea de satanás a través del rezo, o sea, la vana palabrería que los hace repetir hasta el cansancio frases inculcadas a otras figuras idolátricas y que no llevan a una correcta relación con Dios, es más: no son escuchadas y se vuelven palabras al viento.


El Señor ve el corazón y la mente y acude en Su misericordia y amor por esas almas engañadas, pero a los que lo hacen en forma mecánica e idiotizante pierden su tiempo y no serán escuchadas. Hay que invocarle como Padre a través de Jesucristo si quiere ser oída tu oración.


Más retomando el tema, Herodes quería congraciarse con los judíos y para ello mata a Jacobo, discípulo del Señor Jesús y prende a Pedro y lo encarcela. Esto le ganó el favor del pueblo judío, que la autoridad sometiese a los iniciadores de dar a conocer el nombre de Jesucristo. Hasta aquí, Herodes había complacido al pueblo judío y no había pasado nada, sólo estaba acumulando ascuas sobre su cabeza al hacer cosas desagradables a Dios.


El libro de los Hechos de los apóstoles registra: 20 Y Herodes estaba enojado contra los de Tiro y de Sidón; pero ellos vinieron de acuerdo ante él, y sobornado Blasto, que era camarero mayor del rey, pedían paz, porque su territorio era abastecido por el del rey. 21 Y un día señalado, Herodes, vestido de ropas reales, se sentó en el tribunal y les arengó. 22 Y el pueblo aclamaba gritando: ¡Voz de Dios, y no de hombre!

El pueblo judío no soportaba que su rey fuera de otra nacionalidad, pero al ver que ese hombre perseguía a la iglesia de Jesucristo los congraciaba y, al oír la arenga en contra de los de Tiro y Sidón, en un alarde de alejamiento de la voluntad de Dios, exclamaron: ¡Voz de Dios y no de hombre! Refiriéndose a Herodes como un dios.

Ese pueblo judío estaba perdido y desorientado, ya era un cáncer espiritual y blasfemaron al declarar que Herodes (un hombre) hablaba como Dios. Herodes no se dio cuenta y se tomó para él esa declaración, se hinchó de soberbia y altanería. Más al no dar la gloria a Dios, al Verdadero Dios, al no haber cedido esa alabanza a Dios registra el versículo 23 del capítulo 12:

23 Al momento un ángel del Señor le hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios; y expiró comido de gusanos.

Dios es amor y paciente, perdona muchos pecados, inclusive abusos de autoridad injustos y sanguinarios, más lo que no permite es esa gloria que los indoctos, ignorantes dan a sus líderes religiosos. Seguramente perecerán en esa misma condición.


Lo agradable del capítulo se refiere a los siguientes versículos


24 Pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba.

(No el antiguo testamento) sino la palabra de Jesucristo.


25 Y Bernabé y Saulo, cumplido su servicio, volvieron de Jerusalén, llevando también consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos.


Por tanto, debemos ser juiciosos de dar solamente la alabanza a nuestro Padre y a su Hijo nuestro Señor Jesucristo, porque el hombre natural comete este error cotidianamente, más el Espíritu nos reconforta evitándolo, no así el mundo y sus secuaces, Amén.






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