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El Señor Jesucristo como Sumo Sacerdote ante Dios

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 22 ago 2020
  • 5 Min. de lectura

Amados hermanos, creyentes y colegas de profesión espiritual, la paz del Señor Jesús, su amor, fortaleza y gracia esté en su espíritu, rebosante y lleno de esperanza para esperar con gran ahínco su venida, amén.


Continuamos leyendo la escritura para su meditación e interpretación por el Espíritu Santo donde nos quedamos, esto es Hebreos capítulo 4 versículo 14. Sin embargo, en atención al tema que nos atañe hoy, abordaremos el resto del capítulo cuarto, así como el inicio del quinto, hasta el versículo décimo de éste, porque así conviene a los intereses del Señor que este tema podamos abarcar toda esta explicación hacia los creyentes del Señor Jesús cuyo origen es la fe judía.


Sin más preámbulos comenzamos.


Partiendo de la simbología judaica del rito impuesto por Jehová a los israelitas de antaño, la figura del sumo sacerdote fue erigida como símil de autoridad, respeto y comunicación hacia Él. A causa de la torpeza del hombre de elegir muchas formas de supuestamente venerarle, Dios mismo eligió ésta, mediante el pacto de la circuncisión y después la reverencia por medio de sacerdotes, agentes de comunicación entre Dios y los hombres por varios siglos.


Pero esta forma humana solamente fue así, de modo temporal para preparar a su pueblo de recibir a su Mesías, quien habría de ejecutar esta solemne función de una vez y para siempre.


Dios trajo a nuestro Señor Jesucristo para forjarlo, prepararlo a él también, no solo a Israel. Un sumo sacerdote debía ser preparado desde su niñez, conforme al rito dado. Jesús de Nazareth también tuvo que pasar por ese proceso de formación. La diferencia (y esto tanto el antiguo como el nuevo pacto presentan mucha evidencia) es que los hombres eran tentados por el pecado y el mal, la avaricia, soberbia y envidia; Jesús, no, según el versículo 15. Y el “nosotros” a quien se refiere, es el autor (anterior judío ciertamente) y los creyentes israelitas, quienes necesitaban un marco espiritual por escrito para su posterior edificación.


Por esto mismo Jesucristo, funge para ellos como Sumo Sacerdote que expía los pecados por ellos, y ya no hay necesidad de templo, ni sacerdocio humano. El versículo 16 es una oportunidad de oro para que estos creyentes se acerquen confiadamente al trono de la gracia.


Aquí termina el cuarto capítulo e iniciamos el quinto, que continúa con esta exposición de hechos.


El sumo sacerdote debía ofrecer la ofrenda ante Dios para expiación de pecados por sí mismo, pues imposible es no pecar. Más Jesucristo, también tuvo que ofrecer (ante Dios, la humanidad, el mundo y sobre todo su adversario) ofrenda por sí mismo. Fue su propia vida y carne. Él es la ofrenda y el sacerdote. No olvidemos que escrito está. “Maldito el que sea colgado en un madero”. Cuando fue colgado, en ese momento entró sobre la presencia física de Jesús toda la inmundicia del pecado desde Adán hasta el último ser que haya de nacer. Pagó el atraso, el presente y por adelantado todas las cuentas de juicio de muerte a todas las almas. Su muerte significó la confirmación del pago y al mismo tiempo su liberación de toda culpa. Tres días tardó en ser procesado el pago y al tercer día Dios Padre le resucitó, regresándole la gloria dejada con creces.


Es decir, también el mismísimo Señor Jesucristo, se renunció a sí mismo, obedeció al Padre dejando toda su divinidad y gloria que por derecho le correspondía. Ahora, con la resurrección, el Padre le regresó todo, más la potestad de regir sobre toda la Creación, vida e incluso la muerte. Nada está fuera de sus dominios, ni siquiera la serpiente antigua está fuera de él, porque es su adversario ciertamente derrotado pero que espera su juicio.


Pero regresando al texto, en los versículos 4 y 5 tanto Aarón en lo carnal, como Cristo en lo espiritual, fueron asignados a asumir su rol. Pero en cuanto Cristo asumió el suyo, el de Aarón prescribió, dejando de tener valor, influencia y presencia ante Dios.


Recuerda el autor la profecía que hablaba ya de Cristo, a quien Dios designó como su Sumo Sacerdote (se escribe con mayúsculas como honra al Hijo, Salvador de Israel y toda su heredad, quienes crean en él).


Los versículos 7 al 10, son poderosos. Refieren cómo la perfección del Señor Jesucristo se dio por la simple y llana obediencia al Padre. Además, cómo el Señor Jesús pidió por todos en sus oraciones haciendo expiación por Israel, Jerusalén. Clamó incluso su propia liberación, cuando el momento llegaba y fue oído. Pero el silencio era la señal que él mismo aprendió en ese instante que solo la obediencia a lo determinado era el único modo de librarlo a él, a Israel y a la humanidad entera.


Cuando resucitó y anduvo entre sus hermanos, antes de ascender, ya Dios le confirió el sacerdocio de Melquisedec, no por sangre, sino por vocación. Así como Melquisedec fue perfecto en lo dispuesto por el Padre en aquellos años, ahora Jesucristo es el Melquisedec de los tiempos actuales. A partir de su nacimiento, hasta el resto de la eternidad.


Amados hermanos israelitas, el sacerdocio de nuestro Señor Jesucristo cumple con todo el mandato aarónico y va todavía más allá. Es la renovación de este pacto, pero ahora perfecto y eterno. Si en verdad quieren seguir los pasos de Abram, hagan lo mismo que él, reciban el pan y el vino de este nuevo Melquisedec: Jesucristo, el Hijo del Dios Altísimo y la bendición de ser hechos hijos suyos por la profecía dada debido a esa potestad de adoptarlos en Su nombre, a cambio del pago una sola vez de su diezmo, creer en él, confesarle de labios como tal y arrepentirse una sola vez por sus pecados.


Jesucristo es el Rey de la Nueva Jerusalén, quiere salir a bendecirlos, alimentarlos y poblar la nueva ciudad de nuestro Dios y Padre. ¿Habría quienes rechacen esta oferta única?


Dejamos lo escrito en Hebreos 4:14-16 y Hebreos 5:1-10 como referencia.


La paz, amor y gracia del Señor Jesucristo es con todos ustedes, alabado sea él por toda la eternidad. Gracias al Padre por medio del Señor Jesucristo, por semejante misericordia de concedernos profundizar en el conocimiento hacia Él, amén.


14 Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. 15 Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. 16 Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.


5 Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere, para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados; 2 para que se muestre paciente con los ignorantes y extraviados, puesto que él también está rodeado de debilidad; 3 y por causa de ella debe ofrecer por los pecados, tanto por sí mismo como también por el pueblo. 4 Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón.

5 Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo:

Tú eres mi Hijo,

Yo te he engendrado hoy. m

6 Como también dice en otro lugar:

Tú eres sacerdote para siempre,

Según el orden de Melquisedec.

7 Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. 8 Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; 9 y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen; 10 y fue declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec.

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