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Pero estando ya presente Cristo, … entró de una vez y para siempre en el lugar santísimo.

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 20 sept 2020
  • 8 Min. de lectura

La paz, gracia, amor y sabiduría de lo Alto sea en ustedes, amados lectores. Aquello que Cristo da, es perfecto y no perece, se fortalezca en su espíritu, amén.


En este tema veremos lo que quedó pendiente del capítulo anterior, el octavo. Veremos lo contenido en el capítulo noveno, versículos 1 al 22, para concluirlo.


Inicia el autor describiendo el layout de lo que era desconocido para el pueblo israelita, el interior del templo judaico. Explica el procedimiento sobre el cómo y por qué se realizaban los rituales descritos para agradar a Dios según lo dispuesto en su ley.


El versículo 2 describe la parte donde los sacerdotes tenían acceso, llamado el Lugar Santo. Contuvo este espacio al candelabro, la mesa y panes de proposición. Estos objetos son símbolos espirituales sobre los cuales Dios dio una significancia para que el pueblo supiera y recordará a través de las generaciones estos pactos hechos.


El candelabro es un símbolo que denota la nación de Israel. Objeto creado que el Padre hasta el día de hoy sostiene por su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Nada más por eso. Porque en sí, este candelabro debió permanecer encendido una vez que Dios inyectó en éste su Espíritu, pero se apagó por su soberbia y pecado, al negar a su Dios y desobedecer su Ley.


La mesa es la promesa hecha a los antiguos padres, siendo de madera, es el arca donde Dios la levantó sobre la Tierra y la tuvo flotando. Esta arca física desapareció, pero la mesa la representa simbolizando que las promesas de Dios se cumplen. Ahora, la mesa también desapareció, porque el Señor Jesús es ahora quien sostiene la promesa del Padre. La nueva arca es Cristo, porque también fue levantado por un madero, siendo exhibido al morir ante todo ojo presente como aquella arca sobre las aguas. La diferencia es que esta arca jamás perecerá, esta mesa sobre donde sea puesto de nuevo el nuevo candelabro de Israel no podrá ser destruida, cuando sea encendido de nuevo por Jesucristo en los últimos tiempos, nadie apagará.

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Los panes de la proposición son la palabra de vida que Dios alienta al hombre a buscar el bien, a amarlo, vivirlo y creerlo, obedeciéndole. Deben ser compartidos unos a otros, en hermandad. Pero el clero judío no lo hizo, sino que escondió el mensaje de amor, misericordia y poder que Jehová Dios tuvo sobre Israel. Se dedicaron a comercializarlo, vendiéndolo al mejor postor y entregándose a las hechicerías de Babilonia. Por eso, este pan se secó, se enmoheció y jamás Israel tuvo la oportunidad de mencionar ya la palabra de vida de Dios, que ahora es predicada por Jesucristo, el verdadero pan de vida, este de proposición que es partido y compartido por israelitas y gentiles en amor a los extraños, para que sean hechos hijos de Dios por la gracia de Jesucristo.


Varones israelitas: no yerren. No nieguen este pan a sus congéneres el pueblo de Dios atrapado por el clero judío. Vayan y den testimonio que el Señor Jesús es ahora quien enciende el candelabro, del cual ustedes, si permanecen en él son parte; son parte de esos salvos, descendientes espirituales de Noé; y siendo sacerdotes espirituales del Padre por medio de Cristo parten y comparten el pan de proposición actual (el evangelio) a sus hermanos hambrientos dentro del pueblo de Dios.


Luego vienen los versículos 3, 4 y 5. Trata del Lugar Santísimo, donde estuvo el incensario de oro, el arca del pacto, en cuyo interior contuvo la urna de oro con el maná, la vara de Aarón que reverdeció, las tablas del pacto y los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio. Estos objetos tienen más valor simbólico por lo que representan en testimonio de los portentosos hechos que Dios hizo para con su pueblo.


No se sabe a ciencia cierta qué fue de esta arca, ni es interés conocer su destino; sin embargo, al no estar al día de hoy presente simboliza que lo que representa ahora a Israel como salvación es el testimonio y vida de poder que Jesús ostentó durante su estancia entre ellos.


El agua la conmovió cuando la convirtió en vino (testimonio al mundo, para convencerlo él es el Mesías); también cuando calmó la tormenta (aunque solo a los suyos pues él sólo ama a los suyos, no al mundo), por eso el milagro del Mar Rojo en Jesucristo es actualizado. Siendo él el pan de vida, ahora el maná escondido salió a ser revelado. Nunca más (mientras los espíritus de la iglesia estén vigentes) se negará el maná a los hambrientos hijos de Israel: vengan y coman de este maná incorruptible: Cristo, cuyo sabor es vivificante. Nunca tendrán límite, nunca será gravoso y sí siempre será nutritivo. El otro maná fue solo un espejismo de lo que ahora es Cristo.


En cuanto a la vara de Aarón, fue escondida porque ahora Cristo es quien reverdece y no solo eso, ahora da pámpanos para delicia del Padre. Quienes aceptan a Cristo, le son fieles y le obedecen, son estos frutos de cuyo sabor y aroma el Gran Dios de Israel, Padre espiritual de sus hijos, se goza. De nuevo, el testimonio terrenal es opacado por el espiritual en la figura poderosa de nuestro Señor Jesús.


Las tablas del pacto también fueron ocultas, en amplia confirmación que este estatuto ha sido cumplido, actualizado y mejorado por el evangelio de Cristo. Aunque los escritos antiguos de los profetas están en las sinagogas y son leídas religiosamente, la palabra de Cristo está fuera de ellas dando vida eterna. Hijos de Israel: salgan de ahí y vengan a la palabra de vida que es en Cristo Jesús, Señor nuestro. Dejen que el Mesías les revele todos los misterios que tiene el Padre para ustedes. ¡Seamos hechos iguales espiritualmente!


Finalmente, los querubines que cubrían esto ya no están, porque ahora Dios ¡no quiere secrecías! Quiere todos accedamos a Él, a través de Cristo. La figura de estos querubines impedía esto, mas ahora Cristo es el agente de información completa y total. Ya no más rituales íntimos, sino celebraciones a él públicas en las congregaciones donde se le alaba y ministra. No más el rito judaico privado, sino la fe y poder de Cristo hechos públicos.


En el versículo 6, se reafirma que los sacerdotes de menor rango realizan actividades para cumplir los oficios del culto. Mientras que sólo el sumo sacerdote podía entrar una vez al año a ministrar previo sacrificio de sangre por sus pecados, luego por los del pueblo, de acuerdo con el versículo 7. Esta metodología sirvió como una lección sobre que, de acuerdo al Espíritu, no era la definitiva, puesto que por hombres pecadores no podría accederse al Lugar Santísimo sin perecer por la pureza y poder del Altísimo consumiese la corruptibilidad del hombre, debiendo ser reformada posteriormente, además que mucho de este rito era acerca de comidas, ordenanzas en el entorno de la carne, de acuerdo con los versículos 8, 9, y 10.


Por tanto, los versículos 11 y 12, piezas clave de este tema recitan: Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró de una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención.


En otras palabras, Jesucristo no solamente vino a cumplir el ministerio de ser sacerdote conforme a Aarón, continuando lo iniciado por Melquisedec, sino que ahora siendo él ofrenda y Sumo Sacerdote simultáneo -tomamos Juan 10:17: “por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar” y Juan 10:15: “así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas” mejora y perfecciona el rito mosaico para hacerlo suyo por completo.


He aquí el sacerdocio de Cristo es único, superior a todo sacerdocio establecido antes y después, pues nadie tiene la potestad de ser la víctima elegida (el Cordero inmolado) y el Sacerdote quien ministra esa sangre derramada - él mismo estando resucitado por el Padre- que purifica en lo espiritual y no en la carne, como las bestias ofrendadas, limpiando toda conciencia para que ustedes varones de Israel, sirvan al Dios vivo como Él quiere.


Ahora bien, reciban consolación: necesario era que muriera Cristo por las manos del propio pueblo debido a la profecía dada; más que por eso era para que el testamento nuevo, la promesa de vida eterna tuviese vigencia. Si Cristo no moría y derramaba su sangre, no podrían ustedes y nosotros acceder a esta gracia suya. Ustedes atados al rito carnal del sacrificio de bestias y nosotros sin remisión alguna.


Por esto debía morir y ser su sangre derramada, para que cubriera la que arrojó Moisés sobre Israel al instituir el rito judío, pues la sangre del Hijo de Dios cubre toda la Tierra y limpia toda alma que crea, confiese y le declare como el Hijo del Dios Vivo, el Mesías y el Rey de reyes y Señor de señores. Y gócense aún más, ustedes quienes creen de entre los hijos de Israel pues no son parte de esta generación perversa que se echó encima suya esta sangre y pagarán a su tiempo por tal osadía.


El tema es largo, pero era necesario terminarlo. Debíamos ver cómo lo físico que era el Israel que dejó Moisés es ahora mejorado en una Iglesia que es Cristo, su novia. NO el siervo, sino la novia próxima a casarse. En cuanto a la restauración de Israel, se verá en Apocalipsis, cuando el Señor nos conceda llegar hasta ahí.


Dejamos constancia en Hebreos 9: 1-22, para honra y gloria de nuestro Señor Jesucristo, que lo escrito aquí se basa en este pasaje. La paz, amor y gracia del Señor Jesús está en ustedes amados hermanos, amén.


9 Ahora bien, aun el primer pacto tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal. 2 Porque el tabernáculo estaba dispuesto así: en la primera parte, llamada el Lugar Santo, estaban el candelabro, la mesa y los panes de la proposición. 3 Tras el segundo velo estaba la parte del tabernáculo llamada el Lugar Santísimo, 4 el cual tenía un incensario de oro y el arca del pacto cubierta de oro por todas partes, en la que estaba una urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto; 5 y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio; de las cuales cosas no se puede ahora hablar en detalle. 6 Y así dispuestas estas cosas, en la primera parte del tabernáculo entran los sacerdotes continuamente para cumplir los oficios del culto; 7 pero en la segunda parte, sólo el sumo sacerdote una vez al año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo; 8 dando el Espíritu Santo a entender con esto que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie. 9 Lo cual es símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que practica ese culto, 10 ya que consiste sólo de comidas y bebidas, de diversas abluciones, y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas. 11 Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, 12 y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. 13 Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, 14 ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? 15 Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto,[a] para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. 16 Porque donde hay testamento,[b] es necesario que intervenga muerte del testador. 17 Porque el testamento con la muerte se confirma; pues no es válido entre tanto que el testador vive. 18 De donde ni aun el primer pacto fue instituido sin sangre. 19 Porque habiendo anunciado Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el mismo libro y también a todo el pueblo, 20 diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios os ha mandado. 21 Y además de esto, roció también con la sangre el tabernáculo y todos los vasos del ministerio. 22 Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión.


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