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Editorial 607: Meditación en el Salmo 137

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 20 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: hace 6 días

Que la paz y la gracia de Nuestro Señor Jesucristo sea con todos ustedes amados hermanos, en su espíritu, amén.

Muchas veces la Escritura -de manera total o parcial, de forma íntegra o modificada, de modo artístico o comercial- es referenciada con diferentes propósitos en los entornos seculares. Mediante dichos, estrofas, frases e ideologías se suscriben principios bíblicos que la gente acuña y considera son tesoros del saber humano, sabiduría de algún genio y figura y nunca se detienen a pensar sobre el origen de estos dichos tan particulares.

Uno de estos casos es el Salmo 137, el cual relata a través del Espíritu, el salmista sobre la situación espiritual del pueblo de Israel cautivo en aquella civilización mesopotámica tan mundialmente conocida -porque Dios Padre así lo ha concedido.

Cierto grupo en cierta época de efervescencia en el tercer cuarto del siglo pasado tomó estas letras de meditación, dolor y clamor y transformó el mensaje en un son más alegre, bailable y pegajoso. De ahí, otros grupos lo han transformado en cantos de amor o desamor en otros idiomas y han tergiversado el mensaje central.

El punto, amados hermanos es que podríamos pensar que “al menos la gente canta palabra de Dios”, pero la realidad no es así. El trasfondo de ese salmo es probar que la Humanidad sin su Dios y sin Cristo, nuestro Salvador, Señor y Maestro es como se da la precariedad no física, sino espiritual.

Las letras vertidas ahí hablan de un lamento genuino, un arrepentimiento más que sincero y un clamor por demás sonoro de invocar al Dios Vivo reaccione a favor de quienes sucumben ante el pecado y la desgracia.

Vivir sin Dios y sin el amparo espiritual del Cordero que quita el pecado del mundo nos hace ver la suerte de derrota, muerte espiritual, ira celestial y condenación eterna.

Pero gracias damos a nuestro Padre Celestial que nos hizo salir de tierra de Egipto, de la casa de servidumbre para llevarnos en el Camino a la eternidad, por medio de creer y confesar que Jesucristo es el Hijo de Dios y tomarlo como Señor, Salvador y Maestro. Porque el mundo no pregona en sus adaptaciones musicales es la promesa de la última parte de ese salmo. Sí, esa donde se promete y cumple que Babilonia será arrasada, destruida, hecha menos que polvo, por haberse prestado a someter millones de almas en esclavitud, engaño y condenación.

Convenientemente se queda en el dolor, en el clamor y la angustia, para hacer parecer que Dios sigue ausente y, por tanto, amados hermanos, es nuestro deber seguir dando testimonio de Cristo, porque el enemigo no cesa en torcer el sentido de las Escrituras para diluir el efecto poderoso. Nuestro Padre está justo al lado del corazón de quien lo invoca para dar vida y salvación, perdón y eternidad, un destino y sanidad.

Igual con himnos, cantos modernos todos mundanizados. Si eso hacen con lo que está escrito por el Espíritu ¿Qué no querrán hacer con interpretaciones, pensamientos y creencias que no están firmes en la fe, el amor, la esperanza y el mensaje del Señor Jesús? Tengamos cuidado y sigamos meditando, resistiéndonos a la dulzura sutil del engaño.

Que el amor y la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea en su espíritu amados hermanos, amén.

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