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El propósito de las parábolas

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 28 feb
  • 4 Min. de lectura

Amados hermanos nuestros: que la paz, amor y gracia del Señor Jesucristo sea con ustedes, en su espíritu rebosante, amén. 

Nuestro amado Padre sabe que el Hombre nace ignorante, sin conocimiento y con la esencia de un ser biológico que aprende a adaptarse en su entorno para sobrevivir. Su espiritualidad está intacta, pero mientras crece se impregna de la maldad intrínseca de la carne. Sus sentimientos se acoplan conforme su personalidad se vaya gestando en la convivencia de su ambiente familiar que le circunde.

Entonces, unos más y otros menos, van desarrollando la inteligencia, el sentido común, la capacidad de razonar, emitir juicios, tomar decisiones y expresar sus pensamientos, emociones y razones. Durante la infancia y la pubertad se forjan muchos conocimientos y saberes académicos, los cuales serán utilizados para decidir el rumbo a tomar en la vida adulta en cuanto a oficio, profesión, carrera o modo de ganarse la vida. 

Ya de adultos se asientan los deberes, las responsabilidades, los compromisos, los roles y las necesidades a cubrir, de acuerdo con el derrotero elegido, impuesto o convenido.

Es fácil redactarlo y describirlo; sin embargo, el precio que se paga es alto, pues implica ensayar a prueba y error si las decisiones son correctas o no, disciplinarse para corregir malos hábitos y procurar seguir con las metas propuestas, o bien, resignarse a vivir mientras dure el encanto de la incorrecta elección. 

Es así como el Señor Jesús también supo y entendió esto del Hombre: al ser carne, comprobó esto que se describe y por esta causa conoce la debilidad del género humano en su situación caída. No somos sabios como él, ni eternos, tampoco omniscientes u omnipresentes. Tan solo materia caducable e imperfecta. Somos incompletos, desprovistos de toda gracia, tan sólo sujetos a la misericordia de sernos concedido que respiremos y vivamos lo mejor que podamos, según nuestro parecer.

Pero como el amor del Padre y la santa obediencia del Hijo del Hombres son inconmensurables, es que podemos leer el sencillo pasaje de Marcos 4:33-34, que dice:

33 Con muchas parábolas como estas les hablaba la palabra, conforme a lo que podían oír. 34 Y sin parábolas no les hablaba; aunque a sus discípulos en particular les declaraba todo.

¿Por qué? 

Nuestro Señor, conociendo los antecedentes dados, es imposible que podamos hablar con él o aprender de él en este estado natural sin la provisión del Espíritu Santo. Muchos insolentes engreídos se creen con la capacidad de comprender los misterios de Dios, desentrañar la sabiduría de Cristo sin depender del Espíritu Santo, siendo ataviados de soberbia y dardos envenenados del enemigo que fabrican versiones abominables del nuevo pacto.

Al ser indoctos, necesitamos ser enseñados con el ABC de las cosas, el 1, 2, 3 de todo proceso y aun así, tener fe que en lo básico se comprenda y atisbe al fulgor que da tener ciencia y conocimientos de lo espiritual. Esta es otra de las razones por las cuales nuestro Señor Jesús aceptó dejar toda divinidad y ser carne como nosotros. Tuvo que experimentar y comprobar qué es ser humano, qué es ser desprovisto de toda gracia y qué se necesita para regresar de nuevo a la presencia del Creador.

En su infancia y juventud, aprendió lo humano, lo conducente a cómo cuidar del cuerpo y mantenerse por sí mismo hasta su llamamiento. Luego, dejar todo eso en manos del Padre y centrar todos sus esfuerzos en el ministerio. La auténtica sabiduría se aprende cuando se entiende el propósito para estudiarla y se comprenda que es para el bienestar del prójimo.

 Es por eso que el Señor nos habló en un principio por parábolas, que son representaciones simbólicas del conocimiento vivo y verdadero en imágenes cotidianas para que la raíz de la palabra pueda penetrar en la tierra de la mente, el corazón y el alma del escucha y se aferre exitosamente.

Las parábolas son analogías, explicaciones de una pieza de entendimiento en situaciones que él escucha ya ha advertido, vivido y comprobado para que al razonarlo pueda tener el hilo conductivo de lo que se quiere enseñar y demostrar y de esa manera se afiance el aprendizaje y la ignorancia se desprenda al ser condiciones mutuamente excluyentes. 

El Señor Jesús no tiene el deseo ni la voluntad de revelar sus más profundos pensamientos a los muertos, los necios, los cerdos, los soberbios y los religiosos porque no darían el uso y ejercicio que corresponde.

Esto, más bien, es a sus pequeñitos, nosotros, quienes hemos creído y además, somos provistos de la unción del mismo Espíritu Santo que él tuvo cuando fue bautizado en el Jordán por Juan. Con esto, gradualmente mientras crecemos en lo espiritual y pasamos de infantes a niños, luego a adolescentes y jóvenes, después vigorosos adultos y finalmente veteranos y ancianos, somos dotados de mucha sabiduría, ciencia, conocimiento y saberes que repartimos a la congregación, sin necesidad de parábolas.

Añoramos que millones más de hermanos en la toda la Tierra ya no tengan necesidad de ser enseñados mediante parábolas, sino con la interacción directa de nuestro Señor Jesucristo y seamos como él, enseñando el bien, el amor, la esperanza y la fe entre nuestros congéneres, así como él lo hiciese hace 2,000 años.

Quiera el Padre y nuestro Señor Jesucristo -mediante nuestro ruego continuo- nuestra nación, estado, ciudad, municipio, barrio y calle sean llenos del Espíritu Santo para nuestro gozo sea cumplido, entre los que están ordenados para salvación y haya muchos más valientes que arrebaten el reino de Dios.

Que el amor, la gracia y el poder, además de la fe en el Señor Jesucristo sea pleno en ustedes, amados hermanos, amén.

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