Lo tóxico de la levadura espiritual
- Cuerpo Editorial

- 20 jun
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Que el amor, la paz y la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos ustedes, amados lectores, en su espíritu rebosante, amen.
Se apela encarecidamente al sentido común en este tema tan cotidiano que raramente se analiza. Si alguien consume un alimento fermentado y es intolerante, le habrá de afectar severamente una intoxicación alimentaria según la cantidad consumida, estado de fermentación alcanzado en el momento de la ingestión y el grado de susceptibilidad a los fenoles presentes en el sistema digestivo.
Si no hay intolerancia, entonces existirá una ralentización de los procesos cognitivos debido a la alta proporción de dichos alcoholes en el torrente sanguíneo que lleven a un estado de torpeza temporal.
A algunos les parecerá placentero; a otros, un total desagrado. Sin embargo, por obviedad, las personas deberían cuidar su vida, seguridad y cuerpo de estos excesivos agentes de cambio de comportamiento.
A la luz del Espíritu, también en el plano no visible existen estos elementos venenosos a la buena conciencia, a la salud espiritual y al correcto desempeño testimonial de Cristo ante los incrédulos.
El mismo Señor Jesús, en Marcos 8:14-21, nos lo enseña: 14 Habían olvidado de traer pan, y no tenían sino un pan consigo en la barca. 15 Y él les mandó, diciendo: Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos, y de la levadura de Herodes. 16 Y discutían entre sí, diciendo: Es porque no trajimos pan. 17 Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Qué discutís, porque no tenéis pan? ¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón? 18 ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís? ¿Y no recordáis? 19 Cuando partí los cinco panes entre cinco mil, ¿cuántas cestas llenas de los pedazos recogisteis? Y ellos dijeron: Doce. 20 Y cuando los siete panes entre cuatro mil, ¿cuántas canastas llenas de los pedazos recogisteis? Y ellos dijeron: Siete. 21 Y les dijo: ¿Cómo aún no entendéis?
La levadura de la que habla nuestro amado Maestro y Pastor es toda doctrina encaminada a relajar las alertas de contaminación. Como ovejas de Cristo, la primera alerta es aquella que dice: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,” hallada en Juan 10:27. Entonces una primera levadura es aquella que el oído escucha el mensaje del perverso, del malo, del falso guía, donde incita a leer otras, cosas, creer en otras cosas, dejar de seguir mandamientos, etcétera.
Y esto lo dirá un supuesto hermano, alguien de la confianza del creyente, algún sitio de interés, programa de radio, internet o video en redes sociales. Pero depende de la oveja desatender este mensaje.
La levadura de los fariseos está encaminada a desviar del camino que es vivir a Cristo, a entorpecer el llamamiento a la renunciación, a dejar de tener fe y confiar en lo material, a que el amor no es más que un sentimiento pasajero e imperfecto, que no hayan misericordia ni humildad, a desobedecer los mandamientos de Cristo en el nuevo pacto y a encontrar placeres distractores en el mundo.
Todas estas actividades automáticamente relajan la conciencia y es cuando la debilidad de la carne se manifiesta, cayendo en un estado de derrota espiritual. El Espíritu Santo se contrista y la persona se comporta más como un incrédulo que como creyente.
Es por eso que el Señor lo hizo saber a sus discípulos, quienes no tenían el Espíritu Santo y el Señor les explica nuevamente con preguntas reflexivas sobre su error de materializar todo.
Y precisamente eso lo deja el Espíritu, no para exhibir a los discípulos, sino a mostrar cómo la carne es egoísta. La carne en ellos les hizo pensar de la provisión física (cuando ya dos veces el Señor materializó comida para dos multitudes diferentes). Menciona Jesús de corazón duro, es decir la necedad y obstinación.
Así como un borracho puede llegar a ser necio, obstinado, además de torpe e incompetente para tomar decisiones serias, incapaz de hilanar frases coherentes, asi se convierten aquellos que prestan atención a fábulas, mentiras, anatemas y falsos discursos espirituales. En pocas palabras, dejan de ser útiles en la defensa de los intereses del reino.
Por eso nuestro Señor nos advierte de esto. NO debe dejarse la mente y conciencia nuestras expuestas a peligros auditivos al no portar el yelmo de nuestra salvación. Esto asegura que podamos oír para discernir y exhibir y no caer presas de esos venenos auditivos, tóxicos para la vida espiritual del creyente.
Estos venenos vienen en muy variadas presentaciones: los que incitan a la vanidad, a la soberbia, a la desobediencia, a la pereza, a lo deshonesto, a la traición, al engaño, etc.
Por eso es imperioso tener amor por Jesucristo, nuestro poderoso Señor, Salvador y Maestro QUIEN NOS EXHORTA A NO OÍR sujetos que no son él.
Que el Amor y la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea en su espíritu, amados lectores, amén.

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