Editorial 48
- Cuerpo Editorial

- 7 mar 2015
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La paz del Señor Jesucristo y la gracia de nuestro Padre en vuestro espíritu.
En algunas ocasiones hemos observado a los creyentes en el Señor Jesucristo congregados en organizaciones o denominaciones, no comprender que todos los que creamos que Jesucristo es el Hijo de Dios somos miembros de un mismo cuerpo y pasamos a formar parte de la iglesia de Jesucristo establecida en la tierra, la iglesia de Jesucristo es invisible para los hombres de este mundo, su invisibilidad sólo es vista por el Señor que conoce a los suyos. Muchos le dirán Señor pero no están fundamentados en la escritura del nuevo pacto, el Señor les da y dará oportunidad para que obedezcan su palabra, sus mandamientos, confíen en sus promesas y vivan en fe, esperanza y amor.
Los grupos que se denominan y se constituyen como asociaciones religiosas tienen un gran dilema o siguen la palabra del Señor o ellos mismos se irán conduciendo a la apostasía, si hay algo que deben de ver lo sucedido al pueblo judío es su separación con Dios y por ende su apostasía: su fin ha sido lastimoso pues scogieron lo terrenal y perdieron la comunión espiritual con su protector Dios. La iglesia de Jesucristo se establece en la tierra con poca fuerza pero segura de estar con el Padre y con el señorío de Jesucristo en nuestras vidas para dar paso al deleite del gozo de obedecer el evangelio y de creer y vivir y sentir su amor a cada instante de nuestra vida.
Todos los que somos creyentes que Jesucristo es el Hijo de Dios debemos hermanarnos y formar parte de la unidad del cuerpo para ejemplo de los creyentes en el Señor Jesucristo que solo lo han reconocido como Salvador y perdonador de sus pecados, este ejemplo se puede observar en el pueblo judaico, unido aun cuando su unidad los llevó al fracaso espiritual con el Padre. Dejemos la división de creencias y dogmas mentirosos, falsos y engañadores. Sabemos que los que ya se han unido a religiones llegarán a su destino fatal, el viaje de ellos es peligroso y lleno de sutilezas que los conducirá al fin trágico en su camino, largo y tortuoso que les espera.
Abrir los ojos y los oídos para ver y oír la sana doctrina del Señor Jesucristo es la tremenda tarea del Espíritu Santo aquí en el mundo, a una humanidad llena de seducciones y desviaciones para ocultar la verdad. Salgamos pues a testimoniar que Jesucristo es la cabeza a de la iglesia, es el Hijo de Dios y está sentado a la diestra del Padre y podremos vencer la división de que son objetos los creyentes en Jesucristo, los que confesamos y creemos que Jesucristo es el Hijo de Dios, estamos vigilando para que los hermanos se unan a la iglesia del Señor Jesús pero antes deben de dejar su religiosidad, su organización de mundanidad, su apego a las cosas de este mundo y poner la vista en el autor y consumador de la fe, El Señor Jesucristo. Amén.

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