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Editorial 50

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 21 mar 2015
  • 2 Min. de lectura

En los inicios del hombre no había ley, era una libertad absoluta que tuvieron los primeros hombres y una comunión con su Creador que los enseñaba como a niños el nuevo mundo para que lo disfrutaran, aun con el pecado universal que cargaban por Adán y Eva y que hizo que el hombre experimentara la muerte y conociera el bien y el mal.


El hombre sucumbió al libre albedrio de escoger el bien y el mal, la carne y el alma los guiaba constantemente al mal, no había ley para los primeros hombres, sus mandamientos eran pocos: crecer y multiplicarse, aun así el hombre dio rienda suelta de su naturaleza carnal, a pesar de contar con un ejemplo digno de observarse en nuestro tiempo Los sacrificios que a Dios le agradaban es la que viene del corazón del hombre, un ejemplo es el sacrificio que Abel ofreció a Dios, dándole a Dios lo mejor de sus cosechas, porque sabía que Dios le había bendecido y le dio una ofrenda de lo mejor que él tenia, y para Dios fue de gozo esa ofrenda; en cambio, Caín imitó a su hermano y (como los judíos) le dio de lo que sobraba, a Dios no le gustaban esas ofrendas, a Caín no le pidió ofrendas, Caín lo hizo por envidia y lo peor de todo no le dio de lo mejor. Esa es la actitud del hombre, querer siempre hacer su voluntad y a Dios no le agrada esa conducta que tiene el hombre de agradar como él quiere y no como Dios lo dispone, el hombre quiere imitar al judaísmo y eso es aborrecido por Dios el Padre, él quiere que su obediencia sea deleitarse en la palabra del Señor Jesucristo, que pongan en práctica las enseñanzas de los evangelios y de las cartas epistolares.


No puede haber dos métodos para salvarse, es la ley o la libertad por Jesucristo, pues sigue esclareciendo que la ley era para poner un orden en el hombre reconociendo el bien y el mal, y prefiere siempre el mal pero la ley no hace perfecto a nadie pues no te libera de pecar. El cuerpo humano siempre sucumbe a lo malo, los judíos no tenían el Espíritu Santo, la carne los guiaba al pecado y de ahí los sacrificios constantes para limpiarse.


Dios no gustaba de los sacrificios y ofrendas porque sabía que el hombre podría poner su esperanza en estos y no en el amor y misericordia de Dios o abdicaría de su responsabilidad de conocer y aplicar la palabra de Dios. Dios quiere obediencia a su palabra, no acepta alabanza del hombre, la alabanza es por el Espíritu Santo en el hombre y eso sucede en Cristo Jesús.


El sacrificio de Jesucristo te hace ser de los hijos de Dios, si tú crees en esta palabra: Jesucristo es el Hijo de Dios créelo y estarás en Él. Amén.

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