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Puestos los ojos en Jesús

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 6 abr 2015
  • 4 Min. de lectura

Esta carta dirigida a los hebreos y leída por nosotros la iglesia gentil nos conforta de que el Espíritu a través de esta carta da testimonio al pueblo hebraico del nuevo orden de los tiempos y la nueva forma de obedecer a la voluntad de Dios. En algunos capítulos de esta carta se explica que el pueblo judío se enfrentó con este parteaguas de obediencia a Dios, diríamos en nuestro lenguaje coloquial “las reglas cambiaron” y habría que ajustarse al nuevo plan de Dios. Sin lugar a dudas a todas las naciones gentiles que no teníamos un acceso a Dios sino por la religión judaica, nos encontrábamos en desventaja y la venida del Señor Jesucristo nos abre la puerta para entrar en el camino a nuestro Padre.


Transcribiré literalmente la palabra en el nuevo pacto de los primeros versículos del capítulo doce de la carta a los hebreos, del gran contraste de carga espiritual que nos ha puesto nuestro Padre, una carga más fácil que llevar que la de los judíos en los cuales no pudieron con el compromiso de seguirlo. A todos los creyentes en Jesucristo leer esta porción de la escritura en total calma y gócense de la nueva relación que tenemos con el único y sabio Dios como nuestro Padre, quienes hemos sido hijos o padres nos será fácil y sencillo aplicar en nuestra mente la comprensión de la siguiente palabra:


Hebreos 12:1-11 1 Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, 2 puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. 3 Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar. 4 Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado; 5 y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, Ni desmayes cuando eres reprendido por él; 6 Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo. 7 Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? 8 Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. 9 Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? 10 Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. 11 Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.


En la actualidad en el mundo, su príncipe ha distorsionado la mente de algunos que se dicen ser entendidos en la cuestión del alma, pregonan que no se debe de disciplinar a los hijos y explican con base a mentiras que les perjudica su salud emocional y deja huellas en su vida anímica y sentimental. Esta mentira ha traído un desorden en nuestra sociedad y está lejos de corregirse, trayendo como consecuencia el caos y el desorden.


La disciplina y la amonestación a tiempo es una verdadera medicina a nuestra alma, no nos gustará en ese momento, pero nos hará un bien con el tiempo, como se explica en el versículo 11, corrige a tu hijo y ama la corrección de tu padre; y tú, creyente en Jesucristo guárdate de toda desviación de la palabra y conságrate en cuerpo, alma y espíritu en el Señor Jesús, de no hacerlo y te viene una disciplina de parte acéptala, te fortalecerá el espíritu y serás agradable a nuestro Padre.


Desde ahora y para siempre en tu vida pon los ojos en el Señor Jesús y llénate de sabiduría de los tesoros del conocimiento de nuestro Padre.


Porque la disciplina es como las verduras a los niños, no tienen sabor dulce ni tienen aspecto apetecible, pero ellos NO SON CONSCIENTES de los beneficios que su ingesta otorga; por eso más de una madre o un padre se esfuerzan de mil maneras en convencerlos que las coman. Así Dios en nosotros.


¿Por qué debo renegar de la disciplina si al final me otorgará una enseñanza de vida? Porque debido a nuestra rebeldía inhata es de la única manera en ocasiones que somos capaces de refrenar nuestra lengua o cuerpo y entender que algo no nos es provechoso.


Pero guiados en el Espíritu, la disciplina no es tan necesaria, porque entonces entra la voluntaria renunciación a lo que no es de provecho. Por lo tanto, la carne requiere la disciplina para ser ajustada. Amados míos, nunca menosprecien la disciplina, pues por medio de ella también sois purificados. Amén.


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