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Oía su palabra

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 9 may 2015
  • 3 Min. de lectura

Es un pasaje que el Espíritu me enseñó para conducirme siempre a Jesucristo. La lectura del nuevo pacto se enriquece cada vez que lo leas de nuevo (muchas veces he leído el nuevo pacto en orden capítulo por capítulo y versículo por versículo) y continúa enseñándome lecciones vitales provenientes del Espíritu para comprender lo que quiere nuestro Padre y el Señor Jesucristo en nuestras vidas.


Marta y María eran dos hermanas que servían al Señor Jesús. El significado de Marta es señora y el significado de María es amargura, la señora tiene señorío de la casa, de su presencia, de su vida. No es cualquier mujer, es líder en su manera de ser y tiene cuidado de las cosas materiales. María posee la amargura, cuya profecía es sufrir la amargura de una cruz (mediante una vida de renunciación en el mundo) pero una vida espiritual estimada en lo más alto para una vida eterna. Lo anterior no quiere decir que Marta no tenga vida eterna, sino que fue nacida para que su vida se apegara al mundo y sus necesidades, las dos tienen un propósito en el Señor pero una es para las cosas propias del mundo y la otra para guardar su palabra. Transcribamos fielmente el pasaje bíblico en Lucas 10:38-42 38 Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. 39 Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. 40 Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. 41 Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. 42 Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.


Leer esta porción evoca a estar en ese lugar, el Espíritu te lleva a reconocer ese encuentro de Jesús con las dos hermanas: Marta, preocupada por atender físicamente al Señor se limitó a darle importancia de las cosas físicas que podría requerir el Señor; y María, solo se limitaba a oírlo a discernir su palabra. Viene a colación el mandamiento de Dios para nuestro tiempo “A él oíd, porque en él he puesto toda mi complacencia” y María cumplía ese mandamiento al pie de la letra. Jesús le contesta a Marta que no se afanase en las cosas y asuntos materiales. Por tanto lo primero es la palabra del Señor Jesucristo, él tiene la preeminencia. Su palabra es la mejor parte de nuestra vida y nunca nadie nos la quitará. La promesa es altamente esperanzadora, oír la palabra de Jesucristo es lo mejor para nuestros oídos y nuestra vida espiritual.


Para los que siempre buscan contender sobre la palabra del Señor Jesús, les diremos que esto no implica no hacer las cosas que nos demanda estar en sociedad, si algún día hay que pagar impuestos, hay que hacerlo así dice la palabra del Señor Jesús, si alguien es recibido en casa hay que atenderlo como se merece, si hay que ir al mandado hay que ir a la provisión de víveres, siempre es necesario hacer lo de esta vida social en su tiempo. Dios siempre da gracia y sabiduría en los que se esmeran en su palabra.


Recuerdo que cuando nos congregábamos cada semana inicialmente en la casa en el nombre del Señor Jesucristo, al terminar la reunión, mi esposa se esmeraba con una sabrosa cena y todos participábamos en el servicio de la mesa, han pasado 16 años y seguimos igual dándole prioridad a la palabra del Señor Jesucristo y luego a los afanes de la mesa.


La lección de este pasaje es leer u oír la palabra del Señor Jesucristo y luego ponerla por obra. Dios en su obra redentora nos guiará siempre a la perfección en Cristo Jesús. Amén.

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