Editorial 67
- Cuerpo Editorial

- 28 oct 2015
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De los momentos más importantes después de esta vida terrenal que viviremos los hijos de Dios por la fe en el Señor Jesucristo en el inicio de la vida eterna, será nuestra comparecencia en el tribunal de Cristo. Ahí estaremos delante del soberano y majestuoso Señor Jesús, no para reprendernos o inculparnos sino simplemente en un acto de justicia habrá de valorar que hicimos con la palabra y el conocimiento de él y la vida que te demandó vivir en el Espíritu: si viviste por fe, con esperanza y sobre todo si viviste en el camino excelente del amor.
No es que no seamos salvos, pues esto se experimenta desde la misma condición de fe en la cual fuimos escogidos para testimonio en el mundo, sino que ocurrirá, para designarnos el lugar de la eternidad en el cual moraremos, paralelamente aun cuando será en otro instante se llevará a cabo, otro juicio tremendo de grandes y graves consecuencias, para los que vayan a comparecer ese juicio será el más severo que se haya celebrado jamás en cualquier tiempo, ni siquiera la expulsión del demonio y los ángeles caídos de la majestad de nuestro Dios habrá de compararse, este juicio será impresionante en todo sus actos y me refiero al juicio del Trono Blanco, en el cual solo será la culminación del castigo mayor que el alma sufrirá por toda la eternidad.
A los hijos de Dios se nos demanda en esta vida terrenal el apego a la palabra y vida en Jesucristo, a ser fortalecidos por el Espíritu del Señor y a esperar en la voluntad del Señor Jesús. No es una vida dispendiosa para gozarla en la carne y los apetitos del mundo, sino para dar testimonio en el Espíritu, dominio de ti mismo que no significa no cometer pecados, pues él ya los había pagado, sino qué tanto proyectaste y viviste la fe en su palabra y promesas para hacer las obras que te mandó hacer, qué tanto obedeciste a sus mandamientos, cómo expresaste la esperanza en Jesucristo a los del mundo y si procuraste en su venida la consolación para resistir los males de este mundo, cómo te comportaste con los miembros de la iglesia con aquellos que profesaban la fe como Salvador y Maestro, cómo enfrentaste a los del mundo tu accionar en amor espiritual.
Además, qué tanto aplicaste la palabra del Señor Jesús en ti y para los demás. El ejemplo muy claro es en Pedro, en los evangelios el impulsivo, el todo amor, el todo confiado en sus fuerzas humanas. O el Pedro de las cartas espirituales que envía a las iglesias redimido, sufrido, esperanzado que invita a la imitación de aquel que nos salvó.
No sabemos el momento de la comparecencia ante el tribunal de Cristo si es antes de la venida del Señor Jesucristo o después de la destrucción total de este mundo o después de haber celebrado el juicio del Trono Blanco para atestiguar del destino de aquellos que desecharon la gracia y el amor de nuestro Padre. Lo importante es solicitarle al Padre vivir el evangelio de nuestro Señor Jesucristo en y por su Espíritu. Amén.




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