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La gracia de esperar en Cristo

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 21 dic 2015
  • 2 Min. de lectura

En ocasiones siento que no avanzo ya que se repiten una y otra vez las mismas circunstancias en mi vida, medito en ello y solo con mi mente finita logro hacerme esta pregunta: Dios, ¿quieres que aprenda algo de todo esto? ¿Por qué me haces pasar por todo esto ya que es muy desgastante mental y físicamente? Y de pronto un pensamiento llega a mi mente; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga. ¿Qué puedo decir contra eso?


Y en ocasiones llego a reprochar y decirle, sí es un examen dame las herramientas precisas para aprobar y lograr pasar para así seguir la carrera que tengo por delante. Pero si el pueblo de Israel duró cuarenta años para poder recibir lo prometido, ¿porque mi impaciencia me hace separarme de sus caminos y no hacer su voluntad?


Posteriormente mi mente se vuelca en un mar de confusión de si estoy bien o mal, digo tener hambre y sed de justicia y llego a exigir que se muestre poderoso, pero tengo en claro que una de las cosas que no tiene Dios es ser exprés, y me topo con lo que nos enseña nuestro amado hermano Pedro que dijo en 2 Pedro 1:5-7: vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.


Santo Padre, eso es reflejar el carácter de mi amado Jesucristo el cual fue llevado al matadero y como oveja no abrió su boca ¿Cómo puedo hacer para llegar a perdonar? Y de nuevo el tormento en mi mente llega con una respuesta exacta y tajante, ¿Qué acaso yo no perdoné tus pecados? Recuerdo el día que por primera vez estuve en la presencia de mi Creador y a través de su Santo Espíritu me confrontó con mi pecado y en ese momento mi corazón se quebrantó y con gran arrepentimiento clamé a Él. Y desde ese día me gustó tanto estar en el regazo del Amado que lo buscaba como agua en el desierto y como el pan que busca el hambriento.


Hoy con el afán de cada día he descuidado esa relación tan estrecha y hermosa, sé que Él ve mi corazón pero no es excusa para no hacerlo. Pasando a ser uno más de los Santos los cuales no trascienden, dejando a un lado una promesa tan poderosa y de pocos ejercida en esta vida, la que el mismo Señor Jesucristo nos dice: De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago también él las hará; y mayores que éstas hará; porque yo voy al Padre. Es verdad que mis miedos, prejuicios y temores logran acallar y reducir en mi corazón la fe en el verdadero.


Sé que en mí esta la decisión de seguir así y quedarme igual, seguir desperdiciando tiempo y hacer a un lado las santas enseñanzas de Jesucristo ¿Tu qué harás? Amén.






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