Eli, Eli ¿lama sabactani?
- Cuerpo Editorial

- 21 mar 2016
- 4 Min. de lectura

Mateo 27:32-56 32 Cuando salían, hallaron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón; a éste obligaron a que llevase la cruz. 33 Y cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota, que significa: Lugar de la Calavera, 34 le dieron a beber vinagre mezclado con hiel; pero después de haberlo probado, no quiso beberlo. 35 Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes, para que se cumpliese lo dicho por el profeta: Partieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. 36 Y sentados le guardaban allí. 37 Y pusieron sobre su cabeza su causa escrita: ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS. 38 Entonces crucificaron con él a dos ladrones, uno a la derecha, y otro a la izquierda. 39 Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza, 40 y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. 41 De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: 42 A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él. 43 Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios. 44 Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban crucificados con él. 45 Y desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. 46 Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? 47 Algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: A Elías llama éste. 48 Y al instante, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, y la empapó de vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber. 49 Pero los otros decían: Deja, veamos si viene Elías a librarle. 50 Más Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu.
Leer el pasaje de los momentos que pasó el Señor Jesucristo, no es para inculpar a esa generación perversa y adúltera, cruel y arrogante, antes al contrario, es para ver el gran amor de Dios por el hombre, al enviar a su Hijo Jesucristo para redimirnos del pecado, el sufrimiento, oprobio, separación, afrenta y renunciación se traducía en obediencia al Padre.
El gran milagro no son los sucesos de su camino y muerte en la cruz, sino en que él cargo con todos los pecados de los hombres que han existido, es fácil decirlo, pero cuán difícil es haberlo experimentado y sentido en su espíritu, esto es, para reflexionar y meditar. Las enfermedades y angustias también se incluyeron en su sacrificio. El quebrantamiento llegó hasta los límites inimaginables por alguna mente humana: solo el Padre y el Hijo tienen el alcance de ese plan hermoso para la salvación.
Jesús en la cruz se vio rodeado de grandes ataques que produce la condición de estar fuera de Dios, más el precio vale la pena: el rescate de muchos que creen que es el Hijo de Dios y que está sentado a la diestra del Padre, producto de la resurrección.
No puede ser, es incomprensible que quieras acompañar a este relato con las más extrañas figuras que las religiones, sectas o denominaciones han querido suplantar a este plan diseñado en el acto más amoroso de nuestro Padre. Dios es amor y misericordioso y entrega a su Hijo por nosotros, nada es digno de acompañar este majestuoso sacrificio.
Jesús fue a la cruz y pagó por todos nosotros, se hizo pecador, maldito por morir colgado en un madero, afrentado por venir a rescatarnos. Lo hizo el pueblo elegido por su Padre, la iglesia debe recoger esa lección del pueblo judío y seguir a Jesucristo en su camino y no desviarse ni a izquierda, ni a derecha, Jesús sabía del alcance de su martirio, de su oprobio, cuantas cosas se pueden leer en los versículos de este capítulo, que no son temas para esta disertación, por hoy es recordar su oración, su comunión con el Padre, el fin ha llegado y es de una profecía que proviene de siglos atrás y desde antes del inicio de la humanidad.
Jesús oró en su muerte y acompañó en su sacrificio el dolor de sentirse alejado de Dios por todos los pecados de los hombres, es el Padre que no le deja, es el Padre que lo reviste de esperanza, de confianza que es un momento, en el cual todos los siglos de los tiempos van a ir a su alma, a su cuerpo y a su espíritu, el pecado es aborrecible a Dios y ahora el cargaba con todos, el Padre sabe de la naturaleza pura de su hijo, de su perfección, de su obediencia, de su amor, alguien tenía que pagar y fue su hijo, el que pagó por nosotros.
El Hijo de Dios ofrendó su vida, la dio en la esperanza que tu creyeras que lo hizo por amor a ti, si tú lo crees, aseguras la eternidad, las puertas del infierno no prevalecerán nunca más en tu vida y la familiaridad con Dios es la de ser de sus hijos. Qué iluso y demoniaco es creer que el que abre puertas a la eternidad es un hombre como Pedro, así está el error de vivir en una religión. Salid de la Babilonia, pueblo mío. Dice el Señor ¡obedeced!
Que no quede duda del amor de Jesucristo a su iglesia y del amor del Padre al mundo, gloria a nuestro Salvador Jesucristo. Amén.

Comentarios