Tú eres el Hijo de Dios
- Cuerpo Editorial

- 23 abr 2016
- 2 Min. de lectura

Marcos 3:7-12 Más Jesús se retiró al mar con sus discípulos, y le siguió gran multitud de Galilea. Y de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, y de los alrededores de Tiro y de Sidón, oyendo cuán grandes cosas hacía, grandes multitudes vinieron a él. Y dijo a sus discípulos que le tuviesen siempre lista la barca, a causa del gentío, para que no le oprimiesen. Porque había sanado a muchos; de manera que por tocarle, cuantos tenían plagas caían sobre él. Y los espíritus inmundos, al verle, se postraban delante de él, y daban voces, diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. Mas él les reprendía mucho para que no le descubriesen. (Ver blog Jesucristo es el Hijo de Dios)
Cuando el poder de sanación de Jesús se hizo notorio, hermanos en Cristo, era normal que la gente, esperanzada en medio de todos sus males pudieran alcanzar algo de su gracia. Y, a la verdad, era demasiado para el entorno físico en el que Jesús, en esa época se encontraba. Por eso da testimonio el Espíritu de esto, porque ahora Cristo, desde las alturas sabe lo limitado que es nuestro cuerpo, conoce nuestras necesidades y sabe que los que le buscan en verdad, así afanosamente, así le habrán de encontrar. Ciertamente, al ser sanados, él recibía una especie de agotamiento y debilidad por cuanto absorbía el mal físico de la persona que sanaba y en su humanidad desechaba tal mal por cuanto en él estaba el Espíritu Santo. Y de cuando en cuando se apartaba para darse reposo poder continuar la obra de restauración.
En cuanto a los endemoniados, como ellos son esencia espiritual así como el origen de Jesús y el Espíritu Santo, sabían quién era y por eso proclamaban su estirpe divina. Y él los acallaba porque no era tiempo de desvelar su verdadera identidad aún. ¿Por qué? Porque apenas empezaba su ministerio y aunque el malo también da testimonio de la existencia de Dios y de su Hijo, también es cierto que buscaba de alguna manera destruirle en su ministerio. Por eso Jesús no les permitía a ellos confesaran eso, pues esperaba que la humanidad, a su debido tiempo, hicieran esa confesión de corazón y por fe, creyendo para alcanzar la salvación que esos espíritus inmundos jamás podrán tener. Amén.

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