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Editorial 120

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 23 jul 2016
  • 3 Min. de lectura

Saludos amigos lectores, que la paz y gracia de nuestro Señor Jesús esté en sus corazones.


Pues bien, ¿a qué compararé al nuevo pacto de Jesucristo, la vida de la iglesia? Le compararé pues a una fiesta, donde el Padre, dueño de la casa y todo el terreno donde se asienta su casa con muchas moradas, la ha dejado a su Hijo para marcharse por algún tiempo a hacer negocios y regresar tan pronto termine.


Este Hijo ha tenido a bien a realizar un banquete especial y a administrar la casa en la ausencia de su Padre y tiene a su disposición a los fieles empleados que siempre han estado en la casa: el mayordomo, el ama de llaves, las mucamas, el jardinero, el portero, el jefe de seguridad, el mesero, el cocinero y demás personal que se requiere para tener la casa impecable.


Pues bien, la razón por la que el Hijo hace su fiesta es porque ha encontrado amigos a quienes llama hermanos y a la doncella a quien le declarará su amor y ha mandado a los empleados tengan todo en orden.


Pues bien, en el Espíritu, los empleados son todos los profetas, reyes y justos antes que él fuese mayor de edad, que ayudaron a su Padre a tener esta casa que su Hijo habrá de heredar. Si bien son fieles en todo, son empleados y no familia, por tanto tienen limitantes. No así a quienes el Hijo llame hermanos, y mucho menos la doncella que será esposa, que tienen mayor autoridad sobre la casa que ellos pues entrando tienen que ser servidos por los empleados al ser invitados especiales.


Es por eso que es inadmisible la idea de judaizar la iglesia, regresarla a los tiempos antes de Cristo, porque somos ajenos a esa época. Es como si uno de los invitados entra y entabla amistad con los empleados en detrimento de la amistad con el Hijo… ¿Qué no estás dentro de la casa y gustas de sus comodidades porque el Hijo te invitó a entrar? ¿Acaso la amistad con el empleado vale más que la del Hijo del dueño?


Estos empleados siempre tendrán su espacio dentro de los contornos de la propiedad, tienen el agradecimiento tanto del Padre como del Hijo por su labor, pero es necesario la familia crezca y es por eso que la boda debe celebrarse y la familia regirá sobre la casa. Es por eso que nosotros, al ser invitados especiales por Jesucristo y al mismo tiempo parte de la familia espiritual de Dios al ser parte de la iglesia de Jesucristo, no podemos despreciar semejantes títulos regresando atrás como la esposa de Lot.


En pocas palabras, he aquí somos más que los antiguos por causa de Jesucristo, por el testimonio dado por el Espíritu Santo al creerle sin haberle visto, por creerle sin ser del pueblo de Dios, porque hemos dejado cosas en pos de seguir sus pasos. Somos templos vivientes del Espíritu, no somos enviados a decir cosas y regresar. Es la fe en Jesucristo la que nos da esa distinción. En realidad pasamos de ser perros y ajenos al olivo a ser pámpanos y ovejas. Y todo esto es posible por Jesucristo. De ser excluídos del pacto de Abraham, la simiente de Isaac, la bendición de Jacob y los sueños de José fuimos a ser traídos por Jesucristo a ser parte de sus hermanos, hermanas y madre. A ser de sus ovejas, que él conozca nuestros nombres. Que haya muerto por nosotros para que lo anterior fuese posible.


Es mejor ser hijo y hermano que un traidor disfrazado de amigo. Es por eso que el tratar de judaizar a un creyente es una ignominia en contra del Hijo, una afrenta vulgar, un desprecio inconcebible, una blasfemia indecible, un pecado horrendo, una ignorancia casi mortal.


Que el Padre nos guarde de todo este mal, a los que guardamos su nombre y libere a las mentes dubitativas y corazones débiles de este camino que no es Jesucristo, amén.

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