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¡Ay de vosotros!

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 3 sept 2016
  • 4 Min. de lectura

En el evangelio de Lucas hay cuatro ayes diferentes a los siete ayes de Apocalipsis y los siete ayes descritos por Mateo (dirigido al clero judío en el capítulo 24). Lucas se dio a la tarea de buscar entre la generación del Señor Jesús los hechos más relevantes de su ministerio. En lo que se refiere al mensaje de los bienaventurados, Lucas describe que fue en un llano y Mateo dice que subió a un monte. Leamos lo que dice Lucas 6:17:


17 Y descendió con ellos, y se detuvo en un lugar llano, en compañía de sus discípulos y de una gran multitud de gente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón, que había venido para oírle, y para ser sanados de sus enfermedades;


Y ahora leamos lo que dice Mateo 5:1: Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos.


Al parecer estamos viendo dos mensajes diferentes: Mateo dirigido a los discípulos, a los que creían y en Lucas a los que lo seguían en busca de ayuda espiritual. En Mateo se relaciona más al pueblo judío y en Lucas se hace partícipe a gente de Tiro y Sidón, pueblos asentados cerca de Israel que no pertenecían al pueblo judío.


Las bienaventuranzas son más completas en Mateo, en Lucas son cortas, estamos hablando de dos mensajes diferentes y en distintos lugares y en diferentes ocasiones. Lucas nos comparte al pueblo gentil; bienaventuranzas más concretas y sólo tiene cuatro ayes en los cuales debemos de discernir como sigue.


En el primer ¡ay! es directo a los ricos que poseen las riquezas que Dios les ha provisto, Dios hace al rico y al pobre y en las bienaventuranzas en Mateo la heredad de la tierra es para los mansos de corazón. En Lucas hay diversidad de público judío y gentil (pagano) la categoría de bienaventurado es una realidad en los hijos de Dios, el creyente en Jesucristo debe de conocer a qué clase de condición existe, pues es bien cierto: que aparte de salvación y pertenecer a los hijos de Dios, se manifestará en nosotros alguna bienaventuranza en nuestro ser.


Es la primer lección para conocer nuestro estatus espiritual, si no has reparado en ello, examina tu condición de vida espiritual que proyectas ante la iglesia, una vez que ya sabes que bienaventuranza te acompañará en tu ser, vive la promesa que tienes como recompensa a la porción espiritual de tu vida.


24 Más ¡Ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo.


Este ay no deja dudas que el fin de las riquezas son para repartirlas entre los necesitados, para fluir en los pobres y su promesa es que siempre tendrá que dar y no tendrá necesidad de nada. -Vale más dar que recibir- y -Dios ama al dador alegre- coronarán esta palabra en la función de aquellos que tienen riquezas dentro de la iglesia.


No debemos poner nuestra confianza en ellas pues, ciertamente son temporales y efímeras.


El siguiente ay es otra necesidad terrenal 25 ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre. Al parecer es una preocupación en que no repara el mundo y la humanidad, buscan el bien propio y la satisfacción de los deleites para después volverse egoístas, y avariciosos. En la gracia de Dios debe fluir y sembrarse en la bonanza para compartir al que no tiene, es un parámetro para no sufrir consecuencias posteriores.


En el tercer ay la felicidad y la diversión se conjugan para una falsa alegría. La risa alivia los huesos y constituye un buen remedio, enseñados los judíos en proverbios, pero ellos han ido más lejos y les gusta la carcajada sonora de burla y satisfacción, ajenos a cualquier dolor de otra gente. Para ellos son los únicos que deben de vivir en el éxtasis de la satisfacción.


¡Ay de vosotros, los que ahora reís! ¡Porque lamentaréis y lloraréis! El no haber compartido el gozo con los demás los hará acreedores del dolor por no brindar consuelo, esperanza, alivio, esos momentos de deleite a los atribulados, los desesperados, sin esperanza. Fue un tajante veredicto para los que teniendo forma de compartir el gozo de estar en la presencia del Señor, cerraban las puertas a los que querían algo de consuelo en sus penurias espirituales... Con el tiempo, los desechados serían otros y los olvidados entraban al reposo y amparo del Señor.


26 ¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! porque así hacían sus padres con los falsos profetas.

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Quizá esta sentencia es la que provocaría más dolor al ciego religioso que guía a los ciegos que le siguen, buscar el reconocimiento público, vivir una vida aparente de piedad, es una hipocresía, el clero judío experimenta la lisonja y la adulación del hombre hipócrita y engañado.


Hay una trampa en los que no ven verdaderamente a Dios y es que su ceguera no les permite ver la falsa vida que llevan y los conducen a una muerte espiritual que repiten cíclicamente e irremediablemente para su perdición, el que tenga ojos, lea bien a quienes está dirigido este mensaje. Amén.

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