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Jesús se regocijó en el Espíritu

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 1 oct 2016
  • 3 Min. de lectura

Existe una gran verdad en el reino espiritual de Dios y es que antes de la venida del Señor Jesucristo, el príncipe de este mundo tenía acceso al trono de la gracia donde se encuentra nuestro Padre, así está escrito y podía comunicarse con su Creador. Para todos aquellos que judaízan y que siguen las indicaciones del enemigo, Lucas 10:17-24 describe los siguientes pasajes bíblicos de su evangelio y al cual lo transcribiré íntegramente:


17 Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. 18 Y les dijo: Y 19 He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará. 20 Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos. 21 En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. 22 Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. 23 Y volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis; 24 porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.


Setenta hombres fueron enviados al anuncio del mensaje del Señor Jesucristo, investidos no de lo Alto sino del propio poder de Jesucristo. Hazaña jamás descrita en el antiguo por ningún profeta del Padre. Jesucristo enviado de lo Alto, investido del Espíritu del Altísimo, tenía que hacer grandes señales para que el pueblo y las generaciones posteriores vieran el parteaguas de la voluntad del Padre con la humanidad.


Un hecho estruendoso y maravilloso que rompió todo el esquema de origen y vida espiritual hasta ese entonces, constituyó la afirmación de Jesucristo: “yo veía a satanás caer del cielo como un rayo”. Desde ese instante se completaban los tiempos del príncipe de este mundo. Jesucristo no tiene ninguna contaminación con satanás, sabe todo lo que influyó en las generaciones judaicas anteriores para apartarse del Padre. Su ministerio inició con tres tentaciones de parte de él y fue claro el rechazo del Señor con él: apártate de mí satanás, ésta palabra evocaba el mandato de Dios por boca del Señor Jesucristo


El vencedor ya nos dio su victoria y nos la hace saber a su iglesia, que está fundada en su palabra. Quien derrota al enemigo de Dios es Jesucristo y nos alienta con el Espíritu Santo y la esperanza que tenemos en la eternidad.


El Señor Jesús se regocijó de esta división de los tiempos, del nuevo estado de relación del hombre con su Creador y de la nueva postura que tiene el Hijo como mediador, así como la estrategia que ha diseñado el plan de Dios que lo hace exclamar: “Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó”.

Aún más nos informa en el siguiente versículo el nuevo diseño de la relación verdadera del conocimiento sobre Dios, son palabras recordadas por el Espíritu Santo 22 Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.

Los discípulos son consagrados en el momento histórico de su revelación espiritual, son declarados bienaventurados por lo que ven, son testigos fieles de las maravillas del Salvador, oidores del mensaje del padre en labios de su Señor.

Porque ningún profeta (como Elías o Jeremías) o rey (incluyendo a David y Salomón) tuvo la gloria de ver los momentos que un puñado de hombres sencillos y del vulgo fueron escogidos para gozar el episodio de la primera venida de Jesucristo. Esa bienaventuranza fue a la verdad dicha a los discípulos. Los primeros de muchos más, pues para nosotros habría de llegar mejor promesa que esa: que sin haberlo visto creemos y sin haberlo oído lo escuchamos en el Espíritu. Y nos deleitamos en su palabra y dejamos de lado lo que no ha sido escrito para nosotros, al declarar en el espíritu que en Cristo estamos completos. Amén.

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