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¡Ay de vosotros intérpretes de la ley!

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 16 oct 2016
  • 2 Min. de lectura

El último “ay” descrito en el capítulo de Lucas 11 en su último párrafo juzga y condena a los intérpretes de la ley porque presumiendo que conocían la ley enseñaban las cosas torcidas, llevando con ello su castigo al no entrar a la eternidad y a aquellos que estaban por entrar se los impedían. Su falta grave: haber quitado la llave de la ciencia.


Este hecho sigue sucediéndose en algunos que quieren seguir guardando la ley, cuando esa etapa ya pasó y ahora es guardar la fe en Jesucristo. Su enseñanza trae consigo la desviación hacia otras situaciones que no tiene nada que ver con la palabra de Jesucristo.


En el inicio del último pasaje del capítulo 11, Jesús quiso dar testimonio de la hipocresía de guardar la religión como los hombres, nuestro Padre desea que amemos la libertad de guardar su palabra en el corazón y en la mente, fustiga a las religiones que se empecinan en torcer las escrituras y apartarlas del camino al Padre.


De entre los fariseos, escribas e intérpretes de la ley, pocos se escapaban al seguir la voluntad de Dios, la casi totalidad de ellos buscaban su propio beneficio y los intereses de ellos se encontraban por encima del pueblo judío y éste en lugar de voltear al sabio Dios, se empecinaba en seguir engañado por ese conjunto de hombres que los llevaron a su castigo.


Esta generación será juzgada por no haber creído al Señor Jesucristo, por no haber tomado en serio el perdón de los pecados y por ir en pos de figuras idealizadas por la mente humana ajenas totalmente a la voluntad de Dios.


Por eso es necesario escudriñar las escrituras en el nuevo pacto solamente, porque ahí está la nueva y mejorada sabiduría vertida a nosotros cortesía del Padre por medio de su Hijo Jesucristo, acerca de cómo debemos conducirnos y creer en su palabra.


El Padre de nuestro Señor Jesucristo es bondadoso en gran manera al enviar a su Hijo a morir en la cruz y ser sacrificado por nosotros. Él, en obediencia al Padre, se dio a sí mismo por amor y eso es todo lo que demanda creer. Este acto de fe es el inicio a una vida espiritual llena de victoria. Amén.

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