Editorial 151
- Cuerpo Editorial

- 26 feb 2017
- 2 Min. de lectura

La paz del Señor Jesucristo sea en vuestro espíritu
¿Quién cumplirá La ley mosaica hoy en día? ¿Quién puede decir que no ha pecado? ¿Qué se puede hacer para no pecar? ¿Por qué condenar a los que fallan a una debilidad? ¿Por qué se predican los falsos evangelios de la condenación y del miedo? Estas preguntas como otras más relacionadas a las fallas de los hombres, (y también de algunos hijos de Dios) perturban mentes y corazones ante la condición pecaminosa de su carne.
En el hombre común y religioso es común traer zozobra, temor y remordimiento el actuar diario de su vida cotidiana cuando al cometer una falta o caer en una debilidad lo hace rápidamente pensar que está expuesto al infierno. Algunos creyentes, ante la evidente falta de espiritualidad de los que están al frente, son sometidos a través de un terror psicológico del evangelio del miedo, haciéndoles creer que tienen que arrepentirse o se irán al infierno. Otros buscan tener señorío y dominio y buscan el reconocimiento de sus congregados de que ellos son ejemplos vivos de vivir sin pecar.
Detrás de todo lo anterior se encuentra el enemigo de Dios, quién se deleita de todas esas mentes débiles, enfermizas, acobardadas que viven falsamente una piedad y existen encarcelados en prisiones humanas de hostigamiento, acoso a sus débiles conciencias, creyendo que con ese martirio es un signo de agradar a Dios. Con los ateos, insensibles o sensuales ya están enclaustrados y encerrados en su propia injusticia y no hay mucho qué hacer por ellos.
Los hijos de Dios por la fe en Jesucristo vivimos en una libertad plena con la guianza del Espíritu Santo, al cual le dejamos que obre en nuestras vidas y nos enseñe el camino, en nuestro diario andar seguimos flaqueando por naturaleza carnal que no nos ha dejado y seguimos clamando el valor del sacrificio de la cruz y su sangre derramada en su muerte, el primero (su sacrificio) perdona los pecados cometidos en nuestra vida desde el nacimiento hasta la partida de este mundo. Y el segundo (su sangre) actúa limpiándonos, lavándonos y purificándonos de toda contaminación o pecado cometido y nos hace estar presentes delante del trono de la gracia.
A libertad hemos sido llamados por nuestro Salvador el Señor Jesucristo, nadie puede culparte. Él ha hecho una obra maravillosa de reconciliarnos con Dios (Padre de todos los que hemos creído en su nombre) y por ende debemos de vivir en el amor, en la esperanza y en la fe: antídotos eficientes y eficaces para contrarrestar el pecado en nuestra mente y corazón. Acerquémonos confiadamente al Señor Jesucristo, creamos, confesemos y difundamos que Jesucristo es el Hijo de Dios, Salvador completo que ha establecido que todo lo que le haya sido enviado por el Padre, no perderá a ninguno: a todos nos llevará de nuevo al Padre. Aleluya, amén.




Comentarios