Editorial 222
- Cuerpo Editorial

- 7 jul 2018
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Que la paz y gracia del Señor Jesucristo esté en su espíritu.
En la política como en la fe hay reglas de que deben observarse. Espiritualmente, podremos decir que Dios, mediante el Señor Jesucristo promueve una campaña en la cual nos promete cosas tales como la vida eterna, la potestad de ser hechos hijos y coherederos de su gracia, miembros de su iglesia, etcétera.
Y para ser más específicos, lo que se pide a cambio para ser afiliado a este partido familiar, es simplemente tener fe. Fe en que todo esto tendrás, amor a Jesucristo por haber aceptado ese sacrificio por tus pecados y esperanza que, llegado el momento de elegir, votaste ya por él.
No así con los religiosos y denominacionales, personajes salidos de aquél partido que Dios constituyó como la iglesia del Hijo de Dios y que crean sus propios entes, disfrazados de piadosos, hacen alianzas extrañas con el mundo e incluso con el enemigo de Dios para hacer campañas sucias diciendo que ellos son los elegidos, los iluminados, los profetizados, los enviados, etc., en flagrante imitación patética de nuestro Señor Jesucristo.
También tenemos a los desleales, aquellos cuyos locos pensamientos incitan a la muchedumbre a ser judíos, los que quieren templos, diezmos, sacerdocios, lugares sagrados, etc., con el afán de tener una corte servil en la cual ellos funjan como falsos monarcas, queriendo suplantar a nuestro Gran Rey y Padre, Dios.
Por si fuera poco, tenemos también a los propagadores de religiones ajenas al conocimiento de Dios, que sabiendo existe, crean historias, fábulas y pensamientos y estos son los que dominan esos lugares, teniendo como inspirador a la serpiente antigua, la que Dios condenó a arrastrarse para moverse.
Y como en toda política, hay anarquistas. Los que están en contra de todo orden establecido por el puro afán y placer de ser rebeldes. Estos se organizan para negar lo innegable. Exigen señales como los incrédulos de antes, buscan sabiduría como los antiguos de religiones politeístas. Lo mismo debajo del sol. Pero éstos, también subsidiados por el príncipe de este mundo, lanzan sus consignas a los incautos.
Pero nosotros ya ganamos, al elegir al Único y Sabio Dios como Padre, y líder de este partido. Ganamos al reconocer al Señor Jesucristo como el Hijo de Dios, además Señor, Salvador y Maestro, y cuando cada quien reciba el fruto de su voto o elección, nosotros estaremos celebrando la victoria y los demás que no quisieron afiliarse sufrirán la eterna derrota.
¡Gracias Padre, por enviarnos esa carta de afiliación, al elegirnos antes de la fundación del mundo! Amén.

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