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Editorial 227

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 11 ago 2018
  • 3 Min. de lectura

La paz y gracia de Jesucristo sobreabunde en su espíritu.


La sociedad mundial, a través del tiempo, siempre ha emulado a Dios en todos los aspectos de su existencia. Algunas veces bien, otras no tanto y algunas más en el sentido opuesto a Su propósito. Nos centraremos en el aspecto social, sobre el cual daremos disertación al respecto.


Es bien sabido que, en términos generales, el hombre ha buscado ejercer control y propiedad sobre todo lo creado debajo del sol, en parte porque Dios le concedió esa prerrogativa y también porque su misma naturaleza de conquistador le insta a eso. Uno de tantos controles es cómo manejar los roles de los dos diferentes tipos de seres humanos existentes: varón y hembra.


Tomaremos en primer lugar el concepto de equidad de género. No existe tal cosa en la escritura, ni directa ni directamente mencionados por Dios, profetas y reyes, el Señor Jesús o apóstoles. Lo que mencionan como que la mujer y el hombre son iguales ante Dios es ante las oportunidades de creer, ser salvos y aspirar a la corona incorruptible, además de los mandamientos de Jesucristo para los hijos de Dios dispersos en el planeta.


JAMÁS nos hace iguales, en virtud que NO SOMOS IGUALES desde los puntos de vista anatómico, biológico, morfológico, hormonal, criterio, pensamiento, etcétera, por lo que resulta irrisorio y además insultante considerar siquiera tal cosa. Es como decir que dos gerentes de una compañía que están en el mismo puesto, hacen exactamente las mismas cosas. Imposible. Cada gerente, aun en la misma situación de sueldo, poder, influencia, rango, conocimiento, etc., tendrán sus muy individuales maneras de ejercer dicho dominio en la empresa.


Lo mismo en la iglesia, de ser así, diera lo mismo fuera Juan, Pablo, Pedro, María, Magdalena, Zaqueo, Esteban, etc., ser enviados a Roma a dar testimonio. O ser enviados al sanedrín a ser vituperados o lapidados en público. Cada quien está hecho para una cosa. Del mismo modo un hombre es creado para ciertas cosas y la mujer por igual para otras, por lo tanto, ante Dios, ese concepto de equidad o igualdad de género es incorrecto y además mal interpretado.


Se refiere entonces a una igualdad de oportunidades que definitivamente NO tiene la misma significancia, e incluso Dios está de acuerdo, pues Él es promotor de la justicia, del amor, de la ayuda mutua, implícitas en esa frase. No podemos ser iguales, pero sí tener las mismas oportunidades laborales. Dios nos da pistas de lo que Él ordenó: cada quien debe hacer las cosas que le tocan conforme a su género. Él se agrada de la obediencia en ese sentido.


Regresando al plano espiritual, en la iglesia eso es mundano, pagano, subversivo, ajeno a Dios y a Jesucristo. Dios ha establecido normas y el Señor Jesucristo por igual. Los apóstoles por el Espíritu de semejante manera. No podemos romper ese equilibrio pues es frágil y su entropía guiará inexorablemente al caos y a la derrota espiritual. En la fe somos iguales, en las funciones y roles somos diferentes. Y precisamente por estas diferencias Dios también las contempla con promesas y recompensas a cada creyente según su sexo (engendrar, trabajar, parir, criar, orar, trabajar en la obra, presidir, tener autoridad, etc.).


En los siguientes dos editoriales (228 y 229) se abordarán dos de los principales dolores de cabeza que el hombre se enfrenta: el machismo y el feminismo. Por ahora, baste decir que en las congregaciones de Jesucristo ninguno de este tipo de pensamientos debe ser nombrado siquiera y mucho menos aplicado. Es un cáncer del alma que el enemigo tratará de enviar como dardo envenenado a las congregaciones.


Paz de Jesucristo, amados hermanos, sea plena en ustedes, amén.

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