Editorial 229
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- 25 ago 2018
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Para cerrar la trilogía de temas que afectan al entorno de las congregaciones, mencionaremos ahora al otro tema que deben las hermanas cuidar celosamente, no tanto para ellas, sino para Cristo. Se trata del feminismo, un cáncer doctrinal que exalta en exceso al concepto mujer en detrimento del hombre.
Dios es muy claro desde la mismísima creación acerca de lo que espera de los seres humanos dotados de este género: Ser ayuda idónea del varón. Pero ¿a qué se refiere? Sencillo, a ser la parte complementaria del varón, lo que completa la ecuación. Por eso, en el matrimonio, lo que Dios une no lo separa el hombre (contiendas, concupiscencias, rebeldías, pecado, carácter, etc.). Y si el hombre “une” algo realmente no lo une, sino que lo fuerza, cegado por la vista, la carnalidad, la vanidad, la envidia, entre otras cosas.
Dios, como el creador de las almas, sabe qué alma compagina con cuál. No lo hace al azar. Por eso hay que pedir que Él nos conceda (a la iglesia hablo, no al mundo) a nuestra pareja, para los que deseen tenerla. Y Él a su tiempo actuará pues sabe que las almas que fueron creadas para tener un complemento deben encontrarla y así evitar al mundo y al pecado en cuanto a este aspecto. Si es misericordioso con el mundo, ¿qué no hará por la iglesia de nuestro Señor Jesucristo, su Hijo Amado?
Pero la mujer, en su debilidad, ha creído en ese mensaje diabólico de igualdad de derechos, cosa que no es escritural y no forma parte de la iglesia. El Señor Jesús ha dictaminado su decreto acerca de los roles de cada género en su iglesia y estableció la igualdad de circunstancias en cuanto a fe y salvación, donde el género NO SALVA, pero lo que engrandece es que actuemos conforme a lo que nos toca.
Las hermanas en Jesucristo tienen deberes que no deben mezclarse con asuntos mundanos. Deben estar enseñadas a orar con fe, a esperar la señal de ser entregadas en matrimonio, en amar a sus maridos y obedecerles en todo; con amor y fe, como si fuera el mismo Señor Jesús a quien sirviesen, y del mismo modo todo marido debe cuidar, amar y respetar a su mujer como si tratase de igual forma al Señor Jesús.
El Señor Jesús es muy celoso y a sus ovejas hermanas las cuida mucho de esas estratagemas malvadas que derivan en rebeldía y pecado. Por eso les encomienda que deben guardarse de toda corriente del mundo, y en el caso de las casadas con inconversos, tienen la opción de separarse, más si ellas son injustamente tratadas. Pero en el caso de que vean que su marido pueda ser salvo por el testimonio de ellas tienen la opción de ganar un alma para Cristo y será muy bien recompensado en la actualidad.
Amadas hermanas, ustedes son parte de la iglesia. No por nada todos nosotros, tanto varones como mujeres, somos parte de la novia espiritual y seremos parte de ese evento histórico como las Bodas del Cordero. Es esta la parte en que seremos iguales, allá en la eternidad. Pero aquí, tanto unos como otras tenemos que obedecer nuestros lineamientos, sirviendo con amor y siguiendo los mandamientos de nuestro Señor Jesucristo, a quien nos debemos. No permitan, amadas hermanas, esas ideas contaminen su pensar. El amor que ustedes profesen dará frutos. La oración con fe y propósito son armas espirituales poderosas. La obediencia prudente es su mejor atuendo, maquillaje y porte. No tienen necesidad de ser “dignificadas” ni ser puestas por encima de varón, porque eso es vanidad.
No sigan al sofisma mundano. El mundo no hace más que tergiversar y degradar todo lo que provenga de Dios. Rechaza al Creador y Hacedor de toda criatura y ciertamente nada que provenga del mundo es bueno.
Así que hermanas, tengan paz y gócense, que el Señor es pleno en ustedes y las protegerá y cuidará del mismo modo que a cualquiera que le confiese como el Hijo de Dios. Amén.




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