Editorial 234
- Cuerpo Editorial

- 29 sept 2018
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Amados hermanos en Jesucristo, paz sea dada a sus vidas de modo abundante por medio de nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios que está sentado a la diestra del Padre y reina con autoridad, amén.
En el mundo actual, gracias al ímpetu humano por saber y descifrar todo lo más pronto posible, hemos llegado a la conclusión que el hombre ama todo menos a Dios. El hombre busca por todos los medios hacerse de información y con ella, usarla maliciosamente para ejercer poder sobre otros, en todos los aspectos.
¿Cree usted que lo que conocemos como ciencia, es realmente ciencia? Tal vez al principio, pero ahora no lo es. Porque los avances en campos como la medicina y el derecho, se modernizan en pro de los que tienen y a costa de los que no tienen. Gobiernos, empresas y poderosos se encargan de descubrir secretos de la naturaleza, pero luego los venden.
¿Es acaso esto amor? ¿Ver unos por los otros? Y mientras Dios ofrece sanidad gratuitamente a quien se acerque a Él; ofrece salvación solamente creyendo en la palabra de Cristo; da seguridad a quien le crea y por si fuese poco, adopta como hijo a quien desee quedarse con Él; muchos, no obstante, recurren a hechiceros, médicos, psicólogos, psiquiatras, policías, sistemas de alarma, guardaespaldas, familia, amistades y comunidades de lo más variadas en un sutil, pero descabellado intento de suplir esa necesidad divina de acercarse a Dios desairando su paciente espera.
No es fácil, amados, seguir el camino, pero los que ya lo iniciamos, continuemos sin desairarle, sin voltear atrás, sin mirar a la derecha o izquierda. Tal vez detenerse por debilidad, afán o agotamiento, más en ningún caso retornar. Puesto que enfrente, está nuestro Pastor, nuestro muy amado Señor Jesús adelante, esperando le alcancemos.
¿Y sabe qué? No solamente desea que le alcancemos, porque ¡nos presentará con nuestro verdadero Padre por primera vez en nuestra vida! ¡Cara a cara, frente a frente! Dejar de una vez por todas ser huérfanos sin amor deambulando y causando lástima y pesar al Creador, que sufre porque muchos le denuestan y prefieren perderse a estar con Él.
El Padre ansía celebrar las Bodas del Cordero, el Señor Jesús no ve la hora de ir por su amada Esposa, la iglesia. Pero el Espíritu Santo nos revela que faltan aún hermanos por recibir esa invitación a reunirse con Él, por eso debemos ser pacientes y esperar un poco más, así esos hermanos vendrán y todos celebraremos como familia el estar reunidos de nuevo…
¡ALELUYA, AMÉN! ¡Glorificado seas por siempre Padre Celestial!, en el nombre del Señor Jesucristo, amén.

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