Editorial 236
- Cuerpo Editorial

- 17 oct 2018
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¡Bienaventurados aquellos que, llegados a la vejez, tenga el Señor en alta estima y les permita recordar momentos gratos de su niñez, sin cargos de conciencia, en pleno ejercicio de paz y misericordia del Altísimo!
Y esto lo digo, amados hermanos, en el Espíritu, a aquellos que creen en Jesucristo y no solo no niegan su nombre, sino que, fortalecidos en el amor, por medio de esas remembranzas recuerdan a los más jóvenes de las promesas del Señor EN TODAS LAS ETAPAS DE NUESTRA VIDA.
¡Aleluya! ¡Porque el Señor, nuestro Dios Todopoderoso reina! Y reina sobre los hombres, bestias, ángeles, potestades, espíritus, sobre la vida y la muerte. Así, nada esta sobre Él ni sobre Jesucristo, nuestro Señor.
Puesto que, a pesar de nuestras debilidades debido a la carne y al pecado impregnado en ella, tenemos conciencia limpia delante del Señor, sabiendo que mientras nos guardemos en el amor, fe, esperanza y practiquemos la renunciación, lo demás son dogmas, mentiras, ataduras, mandamientos de hombres que no hacen más que estorbar a la obra purificadora de nuestro Padre.
Aprendamos de los ancianos, oigamos lo que el Espíritu les muestre pues al ser depositarios de él por más tiempo, el Señor ha concedido no vivan en vano y, por el contrario, sean bibliotecas vivas de conocimientos espirituales que no envejecen ni pasan con el tiempo.
El mundo pasa, las tendencias, modas y costumbres evolucionan; mas el Señor uno es y uno será. Nosotros de igual manera ser uno con él y sea seamos niños, jóvenes, adultos y ancianos, de cualquier forma, somos los hijos de Dios, miembros del cuerpo de la iglesia de Jesucristo, la novia fiel que espera a su venida para ser desposada por él.
En el Señor no hay edad, el mismo Espíritu no tiene caducidad, no experimenta el efecto del tiempo, antes lo trasciende. Y esto que vivimos, solo es una etapa efímera de mortalidad. Cristo mismo es ejemplo que siempre ha estado vigente pero ahora además regente poderoso, hasta que ponga a todos los enemigos de su Padre por estrado de sus pies.
Paz y gracia del Señor Jesús sobreabunden en su alma, amados hermanos, amén.

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