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Editorial 238

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 28 oct 2018
  • 2 Min. de lectura

Hermanos en Jesucristo: paz les sea multiplicada en el perfecto amor que nos ha sido otorgado desde los cielos por la inmensa misericordia de nuestro amado Padre Celestial.


El hombre tiene implícito en su ser celebrar, magnificar y dignificar aspectos varios acerca de la vida. Esta habilidad le ha sido concedida por Dios para su gozo, pues parte de su bendita y perfecta misericordia nos provee de momentos de dicha durante nuestra estancia en el mundo en la cual podamos hallar cierto respiro almático.


Pero, dentro de toda libertad existen límites de control que debemos ponernos. No todo puede o debe celebrarse; esto lo digo a los creyentes -no al mundo-, y no porque “no podamos” o “no debamos” sino porque no es sano, ni propio, ni correcto, ni tiene sentido.


Pongo un escenario: los que tengan sus pequeños hijos, sobrinos, nietos, vecinos, etc., ¿pondrán a uno de ellos a jugar en las orillas de un barranco de al menos 40 metros de profundidad? Luego si me dicen que ¡NO!, asustados yo les contestaría: “¿Por qué no?, ¿Qué tiene de malo? ¿Acaso restringes el derecho constitucional de libre tránsito? ¿Mermas su derecho de jugar cerca de un barranco?” Aquí no aplica la libertad, ¿verdad? Sino más bien un muy lógico sentido de salvaguardar la integridad de un ser inconsciente e inocente.


Cada nación tiene su idiosincrasia, tiene sus virtudes dadas por Dios y defectos dados por la carne. Cada nación tiene sus días festivos, feriados de honor y tragedia los cuales todos quienes amamos a Jesucristo, a la verdad, tenemos una verdadera patria celestial; más por testimonio debemos obedecer a las autoridades mientras que no impliquen una idolatría, el negar a la fe o actos fuera de toda proporción lógica y sobre todo espiritual.


Así en el Señor, uno debe estar consciente del peligro que implica cruzar la frontera dentro de los límites que tiene nuestra libertad. Pero los necios destruyen todo. Unos dicen que Dios “restringe, obliga, merma, circunscribe” al hombre y por eso no creen en Él. Otros sacan provecho creando límites inexistentes, pseudo doctrinas, mandamientos humanos, etc.


Por tanto, manda el Señor y no yo, que dentro de la libertad que tenemos en cuanto pensamiento, acción y decisión siempre, todo lo que hagamos en dicho y en hecho lo hagamos en el nombre del Señor Jesucristo, para que el Señor guarde nuestro andar. Esa garantía tendremos para con Él, mientras que el mundo, no. No temamos hermanos: nunca estaremos jugando inocentemente en las orillas del barranco: nuestro Padre se encargará de eso. Y los que del mundo quieran hacerlo, bien pueden; más no es culpa de Dios la decisión que tomen y el destino que les depare la consecuencia de tal decisión. El amor y la fe en el Señor Jesucristo sean plenos en ustedes amados hermanos, colegas en la fe, amén.

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