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Editorial 247

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 31 dic 2018
  • 2 Min. de lectura

Es muy común que entre los hermanos se diga: “habitar los hermanos juntos” cuando se juntan para diferentes situaciones. También nosotros en el plano estrictamente secular, por -hermanos- puede transmutarse a los amigos de infancia, compañeros de clase, familiares, personas íntimamente ligadas a nosotros en la vida personal, profesional, de gustos y ocios, etcétera. El sentir alrededor de estas situaciones nos hace sentir magnánimos, agradecidos, completos, seguros, felices, dichosos, entre otros sentimientos cuando olvidamos que son por momentos o instantes cortos.


Algo así mismo ocurre cuando en la iglesia, en las congregaciones, los hermanos en la fe en Jesucristo, que tienen en común la fe en el mismo Señor, poseen un bautismo, tienen a un mismo Padre, bautizados en el mismo Espíritu, tienen una misma esperanza, forman parte de un solo cuerpo y el lazo que une a todos estos seres humanos es el amor.


Los que formamos parte de este cuerpo editorial confesamos humildemente que tenemos muchos años de tener este amor, dándolo a los hermanos que nos rodean y recibiéndolo de otros tantos. Pero no es por nosotros, es por Jesucristo mismo que nos enseñó a cómo convivir entre hermanos, como hermanos mientras estuvo en su ministerio en esta tierra. Los evangelios son muestra precisa de cómo el Señor estableció en primera persona cómo es que debemos nosotros mantener este testimonio diferente al mundo.


Luego, en el libro de los Hechos, se muestran aún más estas vivencias, experiencias hermosas donde está la comprobación que nuestra fe no es teórica, rígida, manipulable o artificial, ya que los hermanos descritos continúan con el ejemplo de nuestro Señor Jesús y haciendo mayores cosas por el Espíritu Santo en ellos.


Después con las cartas, el Señor Jesús continúa enseñando aun en nuestros días la mejor manera de ser hermanos, actuar como hermanos y profesar la hermandad como un lazo de sangre espiritual, la de Jesucristo; con un mismo compromiso: practiquemos el amor, la fe y esperanza de continuo para que no se enfríe y seamos debilitados por el mundo.


No tenemos por tanto, nada qué envidiarle al mundo en cuanto a cómo, dónde y por qué debemos habitar los hermanos juntos. El mundo necesita fiestas, compromisos, bodas, celebraciones diversas: nosotros a Cristo forjándose en nuestras vidas. A saber, en la Cena del Señor Jesús, en las congregaciones para edificación, en las reuniones para bautizar, en las relaciones laborales entre hermanos, etcétera; trasciende al motivo para que el Señor Jesús sea el motor, el gestor, el promotor y el punto de unión entre las diferentes almas que componen al cuerpo de la iglesia.


El mundo trata de imitar, igualar el modo en que Cristo hace las cosas, aunque inútilmente lo intenta. Incluso, utiliza vanamente el Santo Nombre del Hijo de Dios para tal propósito. Pero lo genuino es por él y para él por medio del Espíritu Santo. Gracia y paz de Cristo en sus vidas, amados lectores, Amén.

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