Editorial 249
- Cuerpo Editorial

- 13 ene 2019
- 4 Min. de lectura

Saludos y bendiciones espirituales sean otorgados a ustedes, amados lectores por el amor y gracia del Obispo de nuestras almas y nuestro Pastor el Señor JESUCRISTO, el único que puede ostentar tales títulos en singular.
Muchas veces hermanos somos sujetos a todo tipo de pruebas, debilidades, tentaciones, situaciones adversas cuya existencia e influencia en nosotros tiene como propósito medir la capacidad de percepción y reacción respecto a ellos. Por percepción se entiende el darnos cuenta estamos en esa situación y por reacción al positivo y adecuado accionar, es decir, tomar la única decisión correcta esperada y propuesta.
Mas ahora enfocaremos el análisis en el Espíritu sobre la opción segunda: cuando no nos damos cuenta del mal cercano a nosotros, o bien tomamos cualquier decisión no correcta sobre algún aspecto. Bien, cuando por fin nos damos cuenta del fallo o error cometido, entramos en una especie de batalla interna entre la justificación, culpabilidad, remordimiento y arrepentimiento, tras los cuales el único sentir que el Espíritu reconoce como verdadero es el arrepentimiento. ¿Por qué? Leamos a continuación.
La justificación es el proceso de la soberbia negación acerca de la voluntad o deseo de haber hecho o dicho tal cosa. La selección indiscriminada de razones, motivos, factores o personas que “forzaron” u “obligaron” YO hiciera o dijera eso. En el Espíritu no sirve este proceder. El Único quien justifica es Dios, a través de Jesucristo y escrito está: “Bienaventurado el hombre a quien Dios no le imputa pecado”. Por tanto, si fallas o caes querido hermano no permitas alguien te condene puesto que, mientras reconozcas con humildad que has fallado a Dios antes que a cualquier hombre, Él te justificará, en y por amor a Jesucristo, si crees fervientemente en él. Esta promesa solo aplica a los hijos de Dios por la fe en Jesucristo. Los religiosos, muertos, ateos, cerdos y perros usan este “escudo” para esconderse voluntariamente de Dios.
La culpabilidad destruye el valor, la valentía y la autoestima que una persona tiene de sí misma después de un fallo. Es la exageración cancerosa del sentimiento de responsabilidad, derivado de la desnudez espiritual que protege el interior del ser humano. Esta cobertura dada por Dios a cada ser nace, es quitada cuando hombres perversos que se creen superiores entran y toman posesión de esta preciosa autoestima como botín de los débiles o debilitados seres humanos influenciables. Dios habla al respecto: “Laméntese el hombre de su pecado”, es decir, no pide del hombre pretextos o autoflagelos, sino despertar la conciencia que no está en el camino que Dios estableció como Bien, descrito según la ley como un marco de referencia, ahora perfeccionado a través de Jesucristo como autopista de un único pago en la garita -creer en él como Hijo de Dios- y cruza toda la espinosa provincia de la ley y con vía libre hacia los brazos del Padre.
El remordimiento actúa cuando una persona pierde seguridad sobre su conciencia. En otras palabras, constantemente se recuerda que cometió el fallo, las consecuencias y genera con ello una inestabilidad conductual. Si por sí misma fuera, se encarcela en sus pensamientos como juez implacable que no se perdona a sí misma como castigo. La Escritura menciona: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Entonces, si no te perdonas a ti mismo ¿quién lo hará? ¿A quién podrías perdonar? Debemos pues, tener aprecio propio y una justa tolerancia hacia nuestros defectos para que la misericordia de Dios, por medio de Jesucristo, subsane esa imperfección mediante el Espíritu Santo. Cristo cual escultor con yeso repara una escultura dañada, rellenando huecos, reemplazando superficies faltantes, etcétera.
El arrepentimiento es la unión almática de la inteligencia y el corazón donde, en mutuo acuerdo, reconocen de modo sensato y sincero la acción de algún mal hecho o un mal dicho. El cerebro actúa de modo consciente -sin sentimiento- cual investigador privado acerca del cómo y por qué sucedieron las cosas. El corazón, con la verdad fluyendo a través de la sinceridad sin recuerdos o pensamientos funestos, expresa el deseo e intención de no volver a cometer el mismo error, al menos conscientemente. Dios dice por medio de Cristo: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. ¿Por qué? Porque el reino de los cielos es el poder de Dios que rompe este círculo vicioso constante de cometer errores, llamado pecado.
Empero, el arrepentimiento ocurre solo una vez cuando el hombre natural reconoce que Jesucristo es la Verdad, el Enviado que habla respecto de Dios (el Único ser verdadero, puesto que somos hechos a SU imagen y semejanza) en su ahora nueva faceta como Padre. Oyendo con inteligencia y creyendo con fe del corazón se obtiene este reino dentro de nuestro interior. Por eso, una vez en Cristo, no es necesario vivir constantemente arrepentidos, porque el Espíritu Santo mejora las capacidades cognitivas del cerebro para identificar el mal evitándolo y el corazón recibe el poder de decisión de no albergar deseos de hacer o decir el mal.
De manera que, si tenemos esa comezón de arrepentirnos por cualquier cosa, entonces la fe es débil y hay que corregir sí o sí esta situación para nada agradable delante de Dios.
Que el amor de Cristo, que sobrepasa todo entendimiento, sea pleno en ustedes amables lectores, amén.

Comentarios