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Editorial 261

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 13 abr 2019
  • 2 Min. de lectura

El valor del silencio.


Esperamos en el Señor Jesús que la paz sea plena, su sabiduría abundante y su gracia sea manifiesta a todos nuestros lectores, amén.


Hemos visto amados hermanos que el mundo tiende a opinar de todo, hablar de todo, expresar de todo, aun y cuando saben que no tienen ni la más mínima idea de lo que dicen. En Jesucristo, no es así. No somos llamados a vociferar como merolicos, somos llamados a ser irreprensibles en dicho y en hecho.


No debemos nunca seguir el ejemplo del mundo bajo el argumento simple: “les derrotaremos con sus propios elementos, recursos o medios” porque lo nuestro -la fe y la salvación- no es debatible, es demostrable.


No hay necesidad de bajarnos al nivel de filósofos, pensadores, eruditos u opinólogos para demostrar que Dios existe, que Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida, y además, es el Hijo de Dios, entre otras verdades supremas de la creación. ¿O desde cuándo tenemos que justificar nuestra existencia? ¿Debemos demostrar que el atuendo que queremos vestir es lo que realmente deseamos vestir? ¿La ingesta de alimentos en sí debe ser probada que es bueno para nuestra supervivencia? De ninguna manera.


Por tanto, amados míos, huyan de las discusiones estériles, huyan de los alegatos quita tiempo, que ni convencen y sí son intentos de debilitar nuestra fe. ¿Qué beneficio tiene hablarle a una pared? ¿Rogarle a un trozo de metal? ¿Comprometerse a un pedazo de madera? ¿Gritar al aire sirve de aprendizaje? Y estos materiales son las personas necias, taimadas, malvadas y religiosas que buscan robar nuestra paz para poder luego juzgarnos.


El Señor Jesucristo siempre fue muy prudente de no hablar de más, no por miedo, sino por astucia; eligió muy bien sus predicaciones para demostrar que con él se cumplían las escrituras, no tanto para decirles ·crean· porque sabía que ellos jamás creerían en virtud que implicaba dejar su poder terrenal en pos de seguirle a él. Igual nosotros, si alguna vez debemos hablar, que sea para demostrar la verdad a los que están ordenados para salvación y no para entretener.


Nuestro silencioso pero activo testimonio vale más que un millón de palabras en discursos sin hechos. No dejemos que la carne sea tentada a hablar, porque el Espíritu es quien habla a través de nosotros, no nosotros los expositores. Nunca olvidemos que el Espíritu es lo que penetra en la mente y corazón de los oyentes. Por eso los apóstoles menguaban a veces para recargarse y esperar señal. No hablaban siempre ni todos los días sino los señalados por el Espíritu, y dar cumplimiento con la Voluntad del Padre.


La sabiduría y amor del Señor Jesús sobreabunde en ustedes amados hermanos en Cristo Jesús, amén.

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