Editorial 263
- Cuerpo Editorial

- 21 abr 2019
- 2 Min. de lectura

Lectura e interpretación de la Biblia
Bendito es nuestro Padre Celestial, el dador de toda misericordia por siempre y para siempre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, nuestro Maestro, Pastor, Salvador y, sobre todo, Señor. Sea toda la honra, gloria, `poder, majestad eternamente y para siempre, amén.
Gracias sean dadas a Cristo, también porque en su total obediencia se abrió semejante puerta llamada “gracia, paz y salvación” para los que creemos en él y cruzamos a través de ella. Bendito sea el Cordero de Dios, porque a través de su palabra convence de verdad a todos los que le oyen de buena gana.
Muchos de estos conocimientos son adquiridos mediante una lectura sencilla. Leer la escritura, sobre todo el nuevo pacto no es cosa sencilla. Resulta imperioso antes tener el Espíritu Santo de Dios. Recordemos que el Señor Jesús no tiene pacto ni suerte con sangre y carne. Por tanto, primera regla: todo aquel que diga que lee la biblia y lo dice solo para aparentar cristianismo, sabiendo nada y con aires de arrogancia, el tal menosprecia el valor no de la biblia, sino del evangelio de Jesucristo mismo.
No olvidemos por un momento que el propósito de leer el nuevo pacto es ser edificados en Jesucristo. Es ser capaces de entender cuáles son las acciones aquí en la tierra que agradan a Dios y hacerlas con sumo gozo, sin dinero, fama, poder o prestigio mundano de por medio.
Vamos incluso más allá. Es saber cuál es la voluntad de Dios para el hombre, no la voluntad del hombre para Dios. Y muchos, amados hermanos, yerran en esto. Muchos tergiversan -porque no es mismo interpretar a tergiversar- para justificar puntos doctrinales vanos, humanos, diabólicos.
Las doctrinas de Cristo son el único modo de entender el propósito general de la creación, el rol de la Deidad en torno a su máxima creación, la realidad del hombre, el cómo aspirar a la perfección desde el punto de vista del Padre.
Es, además, la forma en cómo uno se profesionaliza en el ministerio de Jesucristo. No es abrir un libro, recitar mecánicamente palabras escritas. Es leerlas, entenderlas, guardarlas y hacerlas.
De modo que, preguntamos ¿Usted, lee el nuevo pacto? ¿Lo comprende? ¿Sabe cuál es la voluntad de Dios para el hombre? ¿Sabe usted para qué vino el Señor Jesucristo y por qué el Espíritu Santo dejó las epístolas vigentes para nosotros? ¿Practica lo que lee?
La sabiduría de Alto, gracia dada por el Padre Celestial en Jesucristo Señor nuestro, sea añadida abundantemente para que podamos entender la anchura, profundidad y altura de estos misterios de Dios para nosotros los creyentes, amén.

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