Editorial 269
- Cuerpo Editorial

- 3 jun 2019
- 3 Min. de lectura

Dios y la alimentación
Amados hermanos en Jesucristo: paz y gracia del Señor Jesucristo sea en todos ustedes.
El hombre es un ser desprovisto de una autosuficiencia natural en cuanto la consecución de los contenidos energéticos requeridos para asegurar su supervivencia. En esta situación iniciamos nuestra disertación.
En esencia somos química y como tal debemos completar la cantidad de átomos y moléculas perdidos por el proceso que llamamos vida y salud, so pena de caer en los estados de enfermedad y muerte.
La forma y calidad en cómo los conseguimos se reglamentó en un principio por Dios al crearnos, al describir qué tipo de materia podríamos consumir y cuál estaba prohibida. Por sentido común e instinto también somos dotados de esta sapiencia, como regalo de parte de Dios.
Con el devenir de las edades este aspecto llamado alimentación provocó guerras, muertes, enfermedades y demás calamidades al género humano.
Recientemente tenemos todo un acervo exacerbado acerca de este tema: alimentos, buenos, mediocres, malos, naturales, transgénicos, crudos, cocinados, baratos, caros, animales, vegetales, minerales, etcétera.
¿Qué dice Dios al respecto a su iglesia?
En Corintios establece que de todo lo que se vende a carnicería se puede consumir a menos que sea de sangre o ahogado. Por sangre no porque la sangre es el fluido que comunica la vida entre todo el organismo y ya muerto el animal, la sangre no es más que un líquido que pronto se coagula y se pudre.
Por ahogado, porque la ausencia de oxígeno implica que la cantidad de CO2 en el organismo muerto es mayor y sabemos que el dióxido de carbono es un veneno natural, un cuerpo ahogado resulta inapetecible por esta razón. Usualmente están hinchados por la cantidad de gases sumamente tóxicos y letales.
Se hacen algunas recomendaciones: no ser dados a mucho vino para algunos ministerios. El vino es el jugo alcoholizado de la uva, cuyo contenido elevado de alcohol etílico entorpece los sentidos, sobre todo el del raciocinio y el alma luego siente una adicción hacia ese estado de torpeza y adormecimiento.
Tanto para Dios, como para los hombres, las personas ebrias o con gusto continuo de estar en estado intoxicado no es correcto tener cargos de autoridad, responsabilidad o liderazgo en virtud que su principal herramienta, su intelecto, está de momento no disponible. No que sea de condenar al infierno, sino que es testimonio desagradable a todos.
Ahora bien, tenemos las dietas, las dietas son privaciones voluntarias por diversas causas. Salud (alergias), vanidad (musculatura, aumento o disminución), ignorancia (no saber que algo es nutritivo o bien, tóxico) son algunas de ellas.
Es aquí donde entra nuestro intelecto, nuestra individualidad. Ocurre el cumplimiento de amarse a uno mismo, en el sentido que ingresará a su organismo todo lo que considere nutritivo, delicioso y en su rango de consumo. ¿Qué es bueno, qué es necesario, qué es prohibitivo, qué es incosteable, qué es sustituible? Entendamos amados hermanos que Dios nos da la libertad absoluta de elegir nuestra dieta, bajo el argumento que nuestra misión es tener nuestro templo del Espíritu Santo (nuestro cuerpo) en las mejores condiciones posibles, pero sin caer en excesos o privaciones peligrosas.
Nada para idolatrar al cuerpo, sino todo para mantenerlo nutrido, sano, fuerte. Nada para castigar al cuerpo sino mantenerlo santo y puro para el Señor. En cuanto a la fe solo no consumir lo sacrificado a los ídolos (por obvias razones de no contaminarnos), nada que implique beber sangre animal, nada que implique consumir alimentos ahogados y no exceder del hábito como el alcohol pero, además, cualquier cosa que pueda hacernos daño intencional (debemos en todo caso actuar con medida y prudencia para todo con el fin de evitar enfermedades por descuidos impropios).
Ahora bien, no podemos imponer dietas o privar de dietas por reglamentaciones antiguas, sino lo que la conciencia de cada quien pueda y deba. Cada quien es libre en Cristo de elegir, pero no imponer diciendo: “Dios dice, Jehová ha dicho, dice la ley, Cristo te manda, Cristo me dijo, la biblia dice:” porque esto atenta contra el libre albedrío y la libertad con que fuimos llamados. Las recomendaciones que damos aquí son las escritas en el nuevo pacto porque así le ha placido al Espíritu Santo ponerlo como puntos de referencia. Los gustos o disgustos son a criterio de cada quién, las intolerancias son para observar y evitar, las alergias letales son para cuidar de por vida, a menos que el Señor haga la obra grande de restauración.
En otros aspectos, hay libertad, con discreción y responsabilidad. Que la paz, sabiduría y ciencia de nuestro Padre en cuanto a esto les sea perfeccionado en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, amén.

Comentarios