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Editorial 272

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 25 jun 2019
  • 4 Min. de lectura

Reflexión de fe: confió en Jehová, sálvele Él.

Glorificado sea nuestro amado Padre Celestial porque nos ha concedido una salvación tan grande a través del sacrificio de nuestro Señor Jesucristo en la cruz del calvario.


Nosotros, como parte del cuerpo de colaboradores suyos en toda la tierra, nos ha parecido bien reflexionar acerca del entorno del sacrificio del Señor Jesús, como un tributo de amor, de agradecimiento y fidelidad hacia nuestro Pastor.


Esperamos que al igual que nosotros puedan comprender con la mente de Cristo en qué consiste tal obre de amor, que muchos ignoran, otros desprecian, otros minimizan, otros lo dan por sentado y muy pocos lo valoramos como una oportunidad única.


Cuando el Señor Jesús terminó de instituir la Cena, dio instrucción de salir al Iscariote para completar su obra de traición sin la cual él no podría ser sacrificado. Relata la escritura que el Señor Jesucristo poco a poco comenzó a sentir el agobio propio de su padecer.


Los entonces discípulos estaban contagiados de aprensión, ansiedad, por las palabras dichas por el Señor Jesús acerca que ya su tiempo de padecer estaba a la vuelta de la esquina. De hecho, el Señor Jesús les rogó velasen y orasen. Nadie sabía la fecha y la hora en la que Cristo sería arrebatado de ellos, sino solo el Padre (una semejanza con los últimos tiempos). Luego se da el evento que el Señor Jesús ora con mucha fe, temor y temblor diciendo: “Padre, si quieres, pasa de mi esta copa, mas no se haga mi voluntad sino la tuya” sin respuesta… El Padre deja de tener contacto con él, concede nuestro Dios que Jesús de Nazaret comience a saborear el cúmulo de emociones que nosotros los caídos de su gracia padecemos a diario por cualquier cosa.


Acto seguido lo encuentran y lo llevan ante el sanedrín. En este punto, todos lo abandonan: nadie, ni Pedro y los apóstoles, ni Dios estaban más con él. Estaba a merced del mundo, del diablo, del hombre natural. Tan solo con la fe en ser salvado por Dios, su Padre y la unción del Espíritu Santo en él que le habrían de revelar qué decir.


Llega la hora de su testimonio de fe. Por el Espíritu Santo y por su obediencia al Padre, sabe el Señor que no debe proferir palabras ajenas al plan de salvación. No debe -como le mencionó a Pilatos- ordenar venganza y rescate, sino seguir adelante. Dios, por parte suya, protegía al Señor Jesús que su obra no fuese estorbada por el diablo, aunque a lo lejos, para mantener el plan de rescate en activo.


Digamos, amados hermanos que el Señor Jesús actuó como un espía infiltrado al interior del mundo concedido al príncipe caído de este mundo. Se adentró y, mediante sus propias reglas del juego, estaba a punto de dar jaque mate al plan condenatorio para el hombre, derrotar a la muerte, al pecado y la desgracia.


Luego, cuando llegó el momento de hacer sufrir su carne con todos los oprobios a su persona, otro momento de resistencia, de fe, de fortaleza. No debemos nunca olvidar estas situaciones no como un acto de drama, sino como profecía de cómo los vencedores tenemos que seguir este mismo camino, para perfección, victoria y honra eternas.


En el calvario, es la cumbre de la humillación a la carne. En ese momento, el Señor Jesús recibe todo pecado, se hace merecedor de maldición al ser colgado en un madero (según la usanza judía), se hace un ser despreciable a la vista de todos (los judíos por su doctrina extraña y ajena, el diablo por ser su enemigo natural, los romanos por su ignorancia) y solo algunos llorando humanamente por su triste condición. “Laméntese el hombre de su pecado” había sido dicho antes.


Llorar almáticamente por este acontecer está de más, debido a que era necesario sucediese, no es de valor agregado llorar por algo inevitable.


Posteriormente, la entrega: “madre: he aquí a tu hijo” e “hijo: he aquí a tu madre” que es una renunciación a todo lazo con el mundo para dar prioridad a los asuntos del reino. Aun en su proceso de muerte, el Señor Jesús nos da mucha enseñanza fuerte de cómo es el evangelio verdadero.


Ya próximo a fallecer, el Señor Jesús recibe (aunque él no lo oye, pero el Espíritu sí lo recopila) la frase: “Confió en Jehová, sálvele él”, una manera burlona de despreciar al Hijo, además de responsabilizar al Padre hipócritamente de su muerte. Esta frase, amados hermanos es profunda, no es de amor, sino de odio. Es una renuncia total a Jesucristo y todo lo que tenga que ver con él. Al verlo morir en la cruz, creyeron que su problema estaría resuelto.


Pero todos sabemos que era parte del plan. De esa manera, el Señor Jesús pudo pagar con su muerte y su sangre derramada sobre la tierra toda culpa, todo pecado, toda contaminación. Con su sangre pagó el precio que la muerte demanda por cada alma que Dios le retira el espíritu de vida, liberándola para ser parte del reino espiritual de Dios en la eternidad.


Por esto mismo, amados hermanos, no podemos decir esta frase a otros hermanos, ni al mundo, sino por el contrario, orar, rogar, interceder, tener fe y esperar la respuesta de Dios. Queridos lectores, es el amor lo que debe regir, no la hipocresía de echar la culpa a Dios. Entre hermanos, es unidad, es practicar el amor, del mismo modo que CRISTO, por amor, se negó a sí mismo para salvarnos. Por eso nunca debemos dejar que el egoísmo e interés tengan cabida en nosotros, pues Cristo nunca lo hizo.


Que la paz y la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea pleno en ustedes y en nosotros, amén.

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