Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos
- Cuerpo Editorial

- 30 jun 2019
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Gracia y paz de Jesucristo sea en todos ustedes, amados hermanos, lectores y creyentes por la fe en Jesucristo, Señor nuestro. De rincón a rincón, de frontera a frontera, sin ningún límite terrenal escribimos para externarles nuestro amor en Cristo, rogando abundantemente que el Padre les ayude y brinde inmensa sabiduría para crecer y estar fortalecidos en Cristo, amén.
En la segunda parte del capítulo dos de la carta de Pablo a los efesios, vemos cómo el apóstol hace un comparativo, una reflexión importante que todos debemos meditar cuando estemos libres de afanes terrenales.
Todos muchas veces damos por sentada la salvación de pensar o incluso decir: “bueno, creo en el Señor Jesús y listo, a pecar y ser igual que antes que como quiera Señor tenemos quien nos perdone todo”. No amados, nunca jamás tengamos este tipo de pensamiento malévolo.
No funciona así. Como ya hemos establecido con anterioridad, la salvación en sí está dada y no se pierde, mas no significa que sea estática o momentánea. No. Es activa y es omnipresente en nuestra vida, desde que la tomamos hasta que partimos, aunque debemos trabajarla para hacerla mayor y perfecta obedeciendo y creyendo con fe.
Aquí el apóstol nos hace reflexionar que es CRISTO quien mediante su sacrificio en la cruz nos hace a los gentiles aceptos e iguales a los justos que vivieron en antaño (no al pueblo de Israel como tal, sino a los justos dentro de ese pueblo).
En ese sentido, no debemos “luchar” para ser iguales a ellos, porque Cristo tuvo el poder de crear un pueblo nuevo (su iglesia esparcida) donde acoge a los creyentes israelitas y a los gentiles que confiesan su nombre y le obedecen. Ambos dejan de ser lo que son para ser una nueva nación. Ni nosotros somos ya gentiles ni ellos judíos. Ambos somos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.
Cristo al morir, crea esa unión y comunión con el Padre, elimina el rigor de la ley, quita toda inmundicia, nos trae a un estado de paz con Dios y deshace toda enemistad entre la Deidad y el género humano que cree y confiesa a Jesucristo como el Hijo del Dios Viviente.
Mediante sus diversos colaboradores (apóstoles y profetas) Dios ha demostrado que Jesucristo nos hace ser parte de la familia celestial y estos colaboradores tienen como piedra angular a Cristo mismo. Menciona el versículo 21 que la unión que Cristo hace de sus ovejas crea el verdadero templo que Dios quiere habitar (la iglesia como un edificio espiritual siendo nosotros sus tabiques, estructuras, inmobiliario) y cuyo cemento fuerte es el Espíritu Santo dentro de nosotros.
Sería de sumo gozo entendiésemos este punto y dejar vanas discusiones de judaizar o denostar unos a otros. Si Cristo unifica todo, ¿quiénes somos nosotros para dividirlo?
Dejamos a su consideración el fundamento escritural, encontrado en Efesios 2 versículos 11 al 22.
La paz y gracia del Señor Jesús sea plena en ustedes amados hermanos, amén.
11 Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. 12 En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. 13 Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. 14 Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, 15 aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, 16 y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. 17 Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; 18 porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. 19 Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, 20 edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, 21 en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; 22 en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.

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