Editorial 275
- Cuerpo Editorial

- 14 jul 2019
- 3 Min. de lectura

Y el perro de nuestra casa… ¡tan despreocupado!
Bendecimos al Padre Celestial en el nombre de nuestro Señor Jesucristo respecto a que guarda nuestra vida, salud y sobre todo nuestra fe en Cristo Jesús, el victorioso Hijo de Dios que está sentado a su diestra con poder, teniendo sumo cuidado por sus ovejas intercediendo por ellas y, además, rigiéndolas bajo sus mandamientos de amor supremo y espiritual, amén.
Amados, es necesario aprendamos a confiar en nuestro Dios y Padre. “Es muy fácil decirlo bastante difícil hacerlo hermano” habrán de señalar. Respeto, pero discrepo y mucho de este comentario tan simple.
En primer lugar, porque no es por la carne sino por el Espíritu que se logra lo anterior, de modo que, si tan difícil es este proceso es porque la carnalidad es mucha en los que los sostienen este sofisma y la recomendación es simple: refúndate en Jesucristo amado(a) creyente. Vuelve a comenzar y afiánzate en el amor, en la fe y en la esperanza.
En segundo lugar, porque el nuevo pacto constantemente nos enseña y demuestra que todo viene de Dios. Nada es sin Él y aún más las cosas espirituales.
¿Cómo habré de explicar esto? Nos compararé al perro que Dios nos ha permitido tener como mascota. Uno de su especie entre nosotros, ya muy viejo y con sus achaques continúa siendo parte de nuestra familia ya por 15 años en mediados de julio de 2019 que redacto esto.
Este animoso y compañero nuestro desde que llegó no tuvo la menor necesidad de procurarse cosas para sí. Todo le hemos procurado: alimento, vacunas, espacio, cariño, afecto, sentido de pertenencia, demasiada paciencia, tolerancia, tiempo, entre otras cosas más.
A lo largo de su vida este can ha experimentado variopintas situaciones en las cuales hemos estado los miembros de esta manada pequeña en su cuidado, resguardo y disciplina. Actualmente goza tener como hermanos y compañeros a un emocional y platicador gato y una misteriosa y siempre hambrienta tortuga, pero todos bajo el mismo cuidado: nosotros.
Esto, amados hermanos, es la iglesia. Un conjunto de diversos seres independientes unos de otros, mas unidos bajo una misma coyuntura: Jesucristo. Unos son como unos canes, otros como gatos, otros ser como tortugas donde ahora Dios y Cristo cuidan y velan por nosotros, así como nosotros a nuestras mascotas.
¿Nos dan las gracias ellos? Ciertamente, con su fidelidad y amor. ¿Nos cuidan? En verdad que sí: El perro de otros perros y ratas; el gato de otros gatos y animales chicos rastreros y la tortuga consume maleza y plantas cizaña. De modo que, todos ellos a una contribuyen al bienestar de nuestra propiedad dada por Dios hace tiempo.
Del mismo modo nosotros debemos corresponder a Dios dándole nuestro amor y fidelidad, sabiendo que cuando tengamos hambre o sed, nos saciará; tengamos necesidad de un recurso lo hará; nos proporcionará un techo y vestido para cubrir nuestra desnudez. Nos proporciona un espacio donde desenvolvernos (debiendo ser en su mayoría en el testimonio de Cristo) así como la esperanza suprema: volverlos a ver.
Una de mis hermanas en Cristo es quien se encarga del perro. Ella le procura todo y lo único que tiene que hacer el can es mover la cola, sonreírle a su manera en actitud y darle el cariño que ella espera recibir de éste. A cambio recibe lo demás.
Nosotros debiéramos ser iguales a este can, que aun en su vejez nos enseña la actitud que debemos de tomar ante nuestro bondadoso y misericordioso Padre Celestial.
La paz y el contentamiento, amor y fidelidad en Cristo se multiplique en ustedes amados hermanos, amén.




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