Editorial 284
- Cuerpo Editorial

- 23 sept 2019
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La maldad del hombre es tal
Amados hermanos en Jesucristo, Señor y Salvador nuestro, por gracia concedida en la cruz del calvario: a él sea toda la honra, el poder, la majestad, por siempre y para siempre; a ustedes: paz, amor, gracia y sabiduría de lo Alto para que sepamos cuán grande amor nos tiene el Padre al ponernos en el camino llamado Jesucristo, amén.
Amados hermanos, lectores y creyentes: Dios es amor.
Por eso envió al Señor Jesús a esta tierra, para que oyéramos y creyéramos en su nombre la nueva voluntad de reconciliación. Solo busca que creamos en su nombre, en sus palabras y la salvación es real, completa y gratuita.
Mas el hombre desde un principio, a pesar de ser creado por Dios, busca otras alternativas. Ahí se basa su maldad, en no reconocer la deidad y señorío de Dios. Aunque ya hemos hablado de esto, sigue Dios en su nueva faceta como PADRE buscando hijos que le adoren.
La escritura es simple, es sencilla, práctica -para quien realmente la lee con la unción del Espíritu Santo- y de ninguna manera condena. Solo exalta el poder y divinidad de Dios, el reinado de su Hijo Jesucristo Señor nuestro, nos revela la sabiduría escrita por medio de Espíritu Santo y exhibe la pecaminosidad del hombre natural.
La maldad del hombre es tal que niega a Dios, se refugia en otras cosas, entorpece la obra de Dios, atenta contra otros, menosprecia a su creación, pretende salir del límite de sus habitaciones. No cree en las palabras de Jesucristo.
Incluso en la hermandad, por eso es necesario nos renunciemos a vivir aun con el viejo hombre, porque este modelo es antiguo y es incompatible con la espiritualidad y perfección de Cristo en nosotros.
Si no se renuncia, pues están los debilitamientos, los que no son victoriosos, los que enferman y mueren, debido a la incapacitad de despojarse de esta criatura terrenal. Las cosas por ver son las de arriba.
Ahora bien, sé es difícil hacerlo en la carne, pero guiados en el Espíritu, tanto el Padre como el Hijo desenmarañan todo nuestro caos interior y construyen un ser completamente opuesto a lo que solíamos ser.
Así que, hermanos del Señor y nuestros por la fe, no desistamos, fortalezcámonos en ese precioso camino de la renunciación. La maldad del hombre ya no debe estar entre nosotros, no debemos ser presa de nuestro antiguo ser. El Espíritu Santo, el amor, la fe, el conocimiento, y el querer del Padre lograrán esto en nuestra vida.
Que la paz del Señor Jesucristo sea plena en su vida amados hermanos, amén.

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