“Que es Cristo en vosotros la esperanza de gloria a quien anunciamos”
- Cuerpo Editorial

- 24 oct 2019
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En estos días de otoño del 2019, enviamos a ustedes amados lectores nuestro amor y oraciones, rogamos que la paz y la gracia del Señor Jesucristo no decaiga sino antes bien, crezca en sobre manera para que andemos diligentes sobre el camino de la renunciación, obediencia y testimonios de Cristo, amén.
En la última parte del capítulo uno de la carta escrita a los colosenses, el apóstol Pablo por medio del Espíritu nos declara que su misión fue anunciarnos el evangelio de Cristo. Lo describe como una misión de enseñanza, culturización, educación y asimilación a algo nuevo de la misma manera que nosotros nos preparamos cuando sabemos y tenemos claro radicaremos en otro país.
Un idioma diferente; otra moneda; usos y costumbres distintos; leyes, cultura y punto de vista alternos son cosas que nosotros debemos aquilatar si realmente queremos tener éxito en el país extranjero al que iremos. Exactamente del mismo modo el Espíritu Santo depositó en Pablo el deseo constante y muy firme de explicarnos muy bien la doctrina sana de Cristo, lejos de la leuda judaica y a la vez explicativa de nuestro conocimiento previo como gentiles de la divinidad intrínseca de todo ser que respira.
En el versículo 24, comenta el apóstol que su ministerio de enseñar no era fácil, sino más bien complicado, porque era abrir camino entre lo desconocido, ir a países y regiones ajenos a su patria israelita y con la mente de Cristo y el poder del Espíritu Santo aprender de estos lugares las formas y maneras de hablar y explicar las buenas nuevas diligentemente.
Obviamente encontró resistencia por ambos lados: los judíos y los propios sistemas religiosos gentiles ocasionándole no pocas molestias y estorbos, pero el mismo Señor Jesús le proporcionó ayudantes, mensajeros, colegas y consiervos para que entre todos se fundasen las diferentes iglesias en todo el mundo conocido en aquél entonces.
Relata que en sí el trabajo asignado por Dios era revelar y mostrar un misterio, un secreto a todos: Cristo como Salvador del hombre, sobre todo, a los ignorados gentiles, que ya con la muerte del Hijo de Dios, fueron parte del trato de sangre expiar toda alma que se aferrase a este nuevo pacto de Dios con la humanidad y no solamente su pueblo judío.
Pero no solo eso, sino que, como describe el título: Cristo en nosotros, la esperanza de gloria. ¡Amén! No solamente saberse e informarse, sino que quienes oigan y se informen se enrolen en este compromiso de salvación del alma, teniendo y creciendo Cristo en nuestro interior.
Es que cuando dejamos que Cristo se forme dentro de nosotros, el trabajo de todos los evangelistas y apóstoles se ve cristalizado, y todos ellos de gozo se consuelan que sus penas y sacrificios son premiados por nuestro Dios y Padre. Así el apóstol confiesa que se goza en esto. Por tanto, amados del Señor, dejemos que Cristo sea la esperanza de gloria para otros hermanos y para los gentiles que aún no son alcanzados todavía. Esta esperanza que pregonamos debe ser exhibida para que todas almas conozcan la misericordia de Dios que aún tiene para con los hombres de este siglo.
Dejamos como fundamento la porción escrita en Colosenses 1: del 24 al 29.
24 Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia; 25 de la cual fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, 26 el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, 27 a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria, 28 a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre; 29 para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí.
Que la esperanza de ser puros y perfectos como Cristo se mantenga y crezca en ustedes, amados hermanos, amén.

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