Editorial 290
- Cuerpo Editorial

- 30 oct 2019
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La apostasía
Bendiciones enormes en el Señor Jesucristo sean para todos ustedes amados hermanos.
Pues bien, hemos de decir que muchas veces gente ignorante que está al frente de las congregaciones confunde términos y enseña leuda letal a sus oyentes, puesto que sus análisis los hacen en la carne, para no incomodar al oído y puedan retener sirvientes y escuchas sumisos.
Una de estas tergiversaciones es el evangelio condenatorio, en el cual sostienen reglas restrictivas de todo tipo so pena de pecados graves o condenación, minimizando al santo y sano mensaje de nuestro Señor Jesucristo.
A quienes tuercen la verdad, engañan, mienten tergiversan lo escrito, se autonombran pastores en singular y caen en el deleznable papel de impostores, suplantadores de Jesucristo, a estos se les llama apóstatas.
¿Por qué? Porque el Señor pagó por sus pecados, ellos creyeron, fueron salvos. Pero al momento de ceder al amor propio, al dinero, al poder y fama, olvidaron que la fuente de toda sabiduría del Padre proviene exclusivamente de Cristo. Al desviar el sentido de muchos con sus palabras y mensajes falsos, ellos mismos dejaron su mente y corazón se corrompieran de maldad, y al igual que Satanás pierden todo afecto natural, y piensan en sí mismos.
No permiten el mensaje de esperanza, de amor, obediencia, renunciación, creer con fe a Cristo. Fabrican sus propias doctrinas para atrapar almas en su obra de perdición. Por estorbar la obra del Señor son desechados y ellos mismos ponen su soga al cuello y voluntariamente se echan al mar. Su mente y corazón quedaron dañados para siempre y de ellos no sale un arrepentimiento de sus malas acciones.
Por eso mismo amados, debemos y tenemos que ser fuertes, prudentes, sabios. Es nuestra responsabilidad ver por nuestra salvación y no podemos dejar alguien más lo vea por nosotros. Porque no podemos confiar en el hombre tal y cual, solo en los que muestran testimonio palpable de Jesucristo.
Así, no dejemos nunca de rogar estemos siempre sujetos a nuestra Roca de Salvación: nuestro Señor Jesucristo, amén.

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