Editorial 294
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- 24 nov 2019
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Anécdota
Existió un hombre llamado Abram de la tierra de Ur de los caldeos, a quien Dios distinguió al mostrarle una nueva tierra para su descendencia.
Teniendo fe y obedeciendo salió con esposa y parentela hacia la tierra prometida, ya no se regresó, creyó y le fue contada por justicia. Lo cierto es que este hombre con su valiente servidumbre derrotó a 5 reyes que se interponían en su camino y Dios lo premió con un nuevo nombre: Abraham. Todos los de su época le temieron.
En cierta ocasión, Dios le pidió el sacrificio de su hijo Isaac y Abraham se aprestó a obedecerlo. No sé qué pudo pensar o sentir Abraham al respecto, pero él estuvo seguro y confiado en Dios. Durante el camino Isaac le pregunta a su padre dónde estaba el cordero a sacrificar y Abraham le contestó:
El benevolente Dios proveerá y así lo hizo apareciendo un corderito para sacrificio.
Un cordero que anunciaba la misma muerte del Hijo de Dios como sacrificio para perdonar los pecados del mundo: Jesucristo el Cordero de Dios que perdona los pecados del mundo. Y la humanidad en su necedad se resiste a creerlo o a entenderlo.
Siglos después Jesús de Nazaret fue crucificado en la cruz y resucitó y anduvo con sus discípulos, las profecías de parte de Dios se cumplen y en esos días la profecía se extendió y Jesús le dijo a Pedro en Juan 21: 15:
15 Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos.
La misión era importante para el inicio de la iglesia: Pedro debía apacentar a los siervos de Dios (discípulos) mientras esperaban al Consolador y ser investidos de lo Alto. Los corderos son todos aquellos que obedecen y tienen la palabra del Señor Jesucristo y sirven en los asuntos de Dios. Según el libro de los hechos de los apóstoles la misión encomendada a Pedro se cumplió y el poder de lo Alto llegó a todos los corderos y ovejas (creyentes del Señor Jesucristo) hasta nuestros días. Amén.




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