Editorial 296
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- 23 dic 2019
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La humanidad es como un aventurero que vaga por montañas, valles, llanuras y diversos caminos. Todo le parece bien y seguro, solamente tiene ojos para ver su entorno. Pero en un inesperado día resbala y cae al abismo, su astucia rápidamente lo hace sostenerse de un arbusto nacido de una pared de la montaña.
Y es cuando se fija detenidamente que hay un cielo y se pone a meditar que todo lo hizo alguien y es cuando renace en él un pensamiento de algo escondido en las profundidades de su conciencia y exclama ¡Dios ayúdame! ¡Sé que existes porque hoy me doy cuenta que todo está tierra ha sido obra tuya! ¡Envía alguien a que me ayude para no caer al abismo!
De pronto, aparece un ser celestial a su lado y le dice: “¿crees que vengo de parte de Dios?”
¡Sí! -volvió a decir con más fuerzas- porque acabo de clamar y ¡de pronto apareciste!
El ángel entonces le preguntó: “¿crees que puedo ayudarte?”
Y él le contesta: ¡Sí! porque eres un ángel de Dios.
-Bien has dicho con prudencia- le contestó el ángel.
“Como tú crees que vengo de parte de Dios y tengo el poder de ayudarte…”
Si - gritó el hombre interrumpiéndole
-Bien. Suéltate para poder salvarte
A lo cual el hombre gritó ¡NOOOO!, aferrándose con más fuerza al arbusto.
El arbusto es el mundo y el soltarte del mundo es la condición de fe que te pone el Señor Jesucristo para salvarte. El fin de esta analogía es dejar de confiar en el mundo y poner la vista en el autor y consumador de nuestra fe: nuestro Señor Jesucristo. Amén.




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