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Editorial 304

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 3 feb 2020
  • 4 Min. de lectura

De epidemias y enfermedades

Amados hermanos en el Señor Jesucristo: salud, amor, gracia y sabiduría de lo Alto sea concedida en gran medida hacia ustedes, de manera que nos sirvan como ayo para seguir adelante en nuestro peregrinaje a la nación santa de nuestro Padre, amén.


En la humanidad han existido siempre momentos en los que se sufre de calamidades como desastres naturales, epidemias, hambrunas, guerras y climas extremos. Lo anterior son señales ya previstas, pero no son mandatos, juicios o condenaciones como algunos osados pervertidores quieren hacer notar: que todo esto es de Dios.


Y en verdad no lo es, debido a que el hombre ha perdido la visión, la comunicación y el conocimiento de Dios por cuanto se ha dedicado a buscarlo en los modos y formas inadecuados. Dios es ciertamente espíritu y el hombre lo busca en lo físico. Dios está en los cielos y el hombre se afana en encontrarlo en la tierra. Dios vive y se empeña en demostrar que nunca ha existido. Dios está dentro de cada alma, pero ellos lo sacan y hacen que muchos hagan lo mismo.


Las enfermedades son consecuencia de muchos factores físicos, cronológicos, biológicos, químicos y humanos. El mundo microscópico también se rige por las leyes ya puestas de la naturaleza por Dios y entonces es como surgen estas situaciones. Las profecías dichas por los profetas y por el Señor Jesucristo en tiempos de la iglesia son acciones venideras porque como Dios es omnisciente sabe cuándo sucederán y así lo informa al hombre.


Recordemos que el hombre no tiene potestad sobre el futuro, solo sobre el presente ejerce su poder e influencia. El adversario tampoco, de modo que como es padre de mentira crea y fabrica escenarios y los ofrece al hombre, y este en su ignorancia los compra como verdad.


Luego podrán preguntarse: ¿Y Dios por qué no interviene? Porque en su inmensa sabiduría, dejó al hombre como administrador de su creación y éste, al ser malo, mentiroso y convenenciero, hace cosas no agradables al Señor y no observa atentamente su entorno por su afán de poder.


Las plagas de antes se debían a la ignorancia de la gente y la incompetencia y necedad de sus gobernantes. Ahora, pareciera sigue este mundo la misma tónica. El desamor, el odio, la avaricia que ciega los ojos, nubla la mente y cierra el corazón. Estos son los causantes de las enfermedades y plagas actuales. Siempre se ha demostrado que personas son las responsables directas de la propagación de las plagas.


Pueden ser incisivos y decirme: “Pero evadiste responder el por qué Dios no interviene” a lo que pronto contesto: Definitivamente sí interviene: con las profecías. Dios ya sabe que vendrán calamidades y desde mucho antes lo informó a través del Señor Jesucristo: las guerras y rumores de guerra, el hambre, los terremotos, las enfermedades, la pobreza. Pero ¿Alguien oye eso? ¡No! Porque no quieren nada con Jesucristo. Antes bien buscan mil y una maneras de armar el rompecabezas fuera del evangelio y en aras de su necedad estas cosas siguen pasando y siguen culpando a Dios “por hacer nada”: pueblos culpan a pueblos, hombres culpan a hombres…


Si oyesen las profecías, si fuese la humanidad humilde y amorosa, si creyeran al mensaje de salvación y reconciliación del Señor Jesucristo, tiempo sería estas cosas no pasasen. ¿Por qué? Porque en el perfecto amor, no hay temor. El hombre sería capaz de ver el verdadero rostro de la naturaleza y, además provisto del poder del Espíritu Santo, evitaría tantas situaciones funestas.


¿Pero lo hará la humanidad? Ciertamente no. Por eso las profecías habrán de cumplirse, por eso es necesario el Señor Jesús venga por su iglesia. Pero no podemos ser blasfemos y decir que es culpa de Dios. El hombre natural es sordo por elección; terco por convicción; condenado por negación.


Las epidemias realmente son juicios en esta vida de personas cuyo destino fue enfermarse: algunas creen, otras no. Unas son curadas, otras no. Cada quien es responsable de cuidar su propia relación con Dios y como decimos en México: “nadie sufre la fiebre de otro[1]”; es decir, nadie puede padecer la situación de otro en tiempo y forma simultánea. Candados propios de nuestra naturaleza.


Así que, guardados en nuestro Señor Jesucristo, obedientes a su evangelio seremos libres de estas calamidades y, aun si alguien es alcanzado, propósito es de nuestro Dios y tenemos asegurado el paraíso y la salvación. No olvidemos esto es reflejo de la verdadera creación de Dios, donde el pecado no existe y por tanto las profecías no son necesarias para estar alertas ni las enfermedades consecuencias propias de lo caído de esta creación.


La paz, gracia y sabiduría del Señor Jesucristo sea plena en ustedes amados hermanos, amén.


P.D. Un último argumento, podrán criticar: “esperábamos más leer de las enfermedades” pero ¡oh sorpresa! Las plagas son reservadas a los pueblos que han colmado el plato de la paciencia de Dios; enfermedades degenerativas son cosa de la naturaleza misma, cuyo devenir es ser pasado por fuego; otras enfermedades específicas son para dar cumplimiento de pruebas de fe, amor y poder de Dios. Lo importante es Jesucristo creciendo en nuestras vidas porque, buscando el reino de Dios todas las demás cosas vendrán por añadidura, la salud entre dichas cosas.



[1] El dicho literal mexicano es: Nadie suda la calentura ajena.

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