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Editorial 308

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 9 mar 2020
  • 4 Min. de lectura

Analogía de las estaciones del año

El hombre es un ser vivo biológico, social y natural que actúa conforme a sus circunstancias, en el marco de un libre albedrío concedido por Dios. Al fin, hecho y surgido de la tierra nos hace parte de ella y las reglas que a ella incumben también hacen efecto en nosotros, de modo que es válido hacer una valoración en la vida no tanto natural sino espiritual de un creyente en Jesucristo.


A veces olvidamos dentro de la hermandad espiritual de Jesucristo que nuestro ciclo de vida en la fe es igual al ciclo de vida natural: nacemos, crecemos, nos reproducimos y partimos de este mundo. Aunque, vale destacar cada ciclo de vida es diferente para cada creyente. Unos pueden tardar más que otros, no hay una regla fija de cuánto tiempo debe suceder. Según el nivel de amor, fe y obediencia es la aceleración o lentitud de desarrollo.


No sé por qué asumen que creer en Jesucristo es de inmediato hacer milagros, predicar instintivamente, hacer campañas, etcétera; cuyo pensamiento es comprensible, mas no compartido.


Tan pronto como nacemos en el evangelio somos bebés, somos la alegría de la casa espiritual de Dios y somos guardados y protegidos por las huestes de nuestro Padre de todo ataque del malo y sus secuaces. Estamos recibiendo en esta etapa toda la leche espiritual, los primeros rudimentos, como cuando toda especie viviente suele elegir la primavera para tirar semillas, dar a luz crías o poner huevos de todo tipo para perpetuar la especie.


Dicho de algún modo, nuestra especie (hijos e hijas de Dios esparcidos en todo el orbe) está en extinción, pero mientras haya testimonio y creyentes, y exista el tiempo para esto seguiremos procreando descendientes de modo natural o espiritual.


Por tanto, si somos nuevos en el evangelio, disfrutemos nuestra primavera, el primer amor con Dios y Cristo. Esta etapa es importantísima, dado que debemos fundamentarnos bien sobre la Roca: la sana doctrina del Señor Jesucristo a través de sus ordenanzas y mandamientos dispuestos para ser obedientes y amorosos a nuestro Señor. El bautismo en el nombre del Señor Jesucristo es imprescindible en esta etapa.


Luego en el provechoso verano, comenzamos a dar testimonio activo. Comenzamos a comprender las tres dimensiones del evangelio de Cristo: largura, anchura y profundidad de las cosas. Ya no somos ingenuos, no cuestionamos más doctrina, sino que aprendemos a discernir lo bueno de lo malo. Ya tenemos una postura doctrinal y nuestra base (que debería ser solo Jesucristo). Digamos que conseguimos empleo (dones, ministerios, deberes dentro de la congregación) donde comenzamos a generar riqueza espiritual -las buenas obras-.


En esta etapa es elegir qué rumbo queremos dar a nuestra vida secular, puesto que la renunciación progresiva a usos y costumbres que no agradan a Dios es más palpables, el “ya no viva más yo, sino Cristo en mi”, comienza a salir de nuestros labios. El mundo nota nuestro cambio y perdemos temor a decir somos creyentes de Jesucristo, hijos espirituales de Dios. Aquí también inicia un deseo de reproducirnos: es decir, orar fervorosamente por todos, para que todos procedan al arrepentimiento y salvación, seleccionamos personas y pedimos por ellas, en algunas ocasiones hablamos de la palabra a otros; o bien, en el plano terrenal nos casamos y tenemos nuestros hijos a quienes instruimos en la palabra de Cristo, porque este es el tiempo bueno de Dios.


Cuando es otoño, es hora de cosechar lo trabajado, lo hecho, lo dicho. Ya enseñamos a los jóvenes, somos considerados de respeto y admiración para algunos, nuestra mente se llena de sabiduría, conocimiento, experiencia, ciencia y ahora, en lugar de ir a lugares lejanos, nos dedicamos más al entorno nuclear, ya sea congregación o familia. El Espíritu Santo pone en nosotros una paz con la cual poco a poco sometemos al joven que deja de ser para ahora convertirnos en adultos profesionales, veteranos de la fe.


Ahora nuestro campo de acción es impedir todo lo ganado se devalúe, fortalecer por última vez nuestra base que es Cristo, pues ahora debemos atesorar todo antes que llegue el invierno. Es seguir nuestro camino en la meditación, en la oración, en la enseñanza, en la ejemplificación asertiva.


Pero como todo año tiene su invierno, es la etapa final de nuestro camino que es Cristo. Aquí amados hermanos, es cuando se tatúa en nuestra conciencia el versículo que dice: “en el perfecto amor no hay temor”. El mundo teme al concepto filosófico del fin, nosotros, por el contrario, somos llenos de agradecimiento, amor, paz, tal vez un poco de impaciencia en algunos por partir al paraíso, pero también es aprender a menguar, a dejar las responsabilidades, la gloriosa etapa de la jubilación. Es dar acciones de gracias, recordar la belleza de lo hecho en Cristo, el perdón propio de nuestros errores, la mansedumbre de aceptar que otros harán lo que solíamos hacer y es con ojo visor, mente astuta, ocupar el puesto de ancianos.


En lo espiritual, ser anciano no es ser inútil. Es la mente de Cristo en modo terrenal, puesto que la veteranía no permite las nuevas corrientes infesten las congregaciones. Tal vez los jóvenes puedan sentirse atraídos por una doctrina, pero el viejo no. Para esto el Señor Jesús establece ancianos.


Ya cuando se acerque el tiempo de dejar este mundo, somos avisados oportunamente quienes estemos en el trayecto que es Cristo para dejar todo asunto en paz, despedirnos en la carne y dejar los pendientes próximos asegurados. Después de ahí, volvemos a nacer, pero ya en otro aspecto: una eternidad con Cristo, en los dominios celestiales del Padre, sin preocuparnos más acerca de la muerte, la enfermedad, el pecado y cosas que en vida nos afanaron. Ya no más.


¿En qué estación del año te encuentras, tú que me lees? La paz, gracia, amor y misericordia de Cristo sea en ti, amén.

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