Editorial 311
- Cuerpo Editorial

- 29 mar 2020
- 2 Min. de lectura

El miedo, terror e histeria
Amados hermanos, creyentes, lectores del blog, la paz del Señor Jesucristo esté en ustedes en su espíritu, amén. Que el Padre nuestro les guarde de todo mal, enfermedad y desasosiego en el amor de Cristo, puro y perfecto.
Queremos aprovechar esta coyuntura de la supuesta pandemia letal que tiene al mundo entero en vilo, queriendo unos sacar ventaja política, económica, militar y estratégica en las mentes y corazones débiles debido a la enorme falta de Dios en su vida.
El Señor Jesucristo es poderoso, nuestro Padre nos tiene cubiertos y conforme a lo escrito: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”, tenemos un poderoso gel antiviral, la mejor mascarilla y el mejor tratamiento profiláctico que podamos encontrar en el mercado espiritual.
¿Qué? ¿Irrelevante, fuera de lugar, extraño comentario? Y si es así ¿entonces cuándo probar la fe en el Señor si no es en estas situaciones de apremio debemos marcar diferencias con el mundo?
El miedo no forma parte de nosotros. Y sí, cuando sea que lo tengamos, entonces roguemos con fe al Señor, quien a cambio del miedo nos dará paz. La paz que no se quita y nos permite actuar con libertad. En este o cualquier otro asunto.
Por eso, hermanos, cada quien debe rogar fervorosamente por las autoridades de su país, hermanos en la fe y demás personas para que el Señor sea pronto en misericordia y restaure almas, pero, sobre todo, accedan tanto sanos y enfermos a lo verdadero: la vida eterna.
Porque así ha pasado con todas las epidemias desde que tenemos uso de la memoria. La gente, en lugar de ponerse a cuentas con Dios, elige el miedo, el terror y la histeria proceso mediante el cual muchos mueren y si se van sin creer que Jesucristo es el Hijo de Dios, pues ya en el Seol desearían regresar, pero ya es demasiado tarde.
Así que, hermanos, pretextos no tenemos. Debemos predicar con el ejemplo: acercarnos a la gracia mediante el único acceso autorizado por Dios: el Señor Jesucristo: Orar incesantemente por su misericordia, su poder sea manifestado en protección, sanación y salvación. No temer ni seguir el juego del mundo distractor.
Nuestro Señor Jesucristo es vencedor: él domina la vida, la muerte; da sanidad y salva; guarda y pastorea a los suyos; nadie está sobre él más que el Padre. Él es el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último: él es el Hijo de Dios, y también es nuestro amado Señor, Salvador y Maestro.
Con él nos quedamos, él es nuestra Roca de Salvación; el Padre nuestra Torre Fuerte; bendecimos y agradecemos al Padre por medio de Cristo Jesús, esta protección y nos guarde en su paz poderosa en nuestro corazón para mantenernos fieles, estoicos y valerosos en él. Amén.

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