Con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído
- Cuerpo Editorial

- 2 ago 2020
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Hermanos de Cristo dispuestos en todo el orbe: saludos, bendiciones y amor en Cristo Jesús, Señor nuestro les sean otorgados, amén.
En el capítulo segundo de la carta escrita a los Hebreos, el autor de esta carta deja muy en claro su deseo que los israelitas creyentes no caigan en la sutil tentación de revolver lo antiguo con lo nuevo. Una vez atendido, leído y comprendido el primer capítulo, ahora en el segundo inicia recomendando con el título no olvidar, recordar y seguir adelante en el reconocimiento de Cristo como el Mesías prometido.
Ya que los judíos creen en los ángeles y los tienen como siervos de Dios, el autor usa su existencia como modo de afirmar que el mensaje de Cristo también viene de Dios, aunque con la salvedad que mejor emisario. De hecho, Dios mismo participó de reconocerlo como Su Enviado al decir: “Este es mi Hijo Amado en quien tengo complacencia: a él oíd”. Luego el versículo 4 declara que, con los milagros de Jesús, el Espíritu Santo siendo repartido entre los creyentes también Dios aprobó el señorío de Jesús sobre todo lo de Dios.
Ahora bien, los ángeles son criaturas espirituales ajenas al mundo, por lo cual sienten un total desapego del mismo, pues su esencia, fidelidad y amor es hacia Dios y su Hijo, nuestro Señor. Esto lo explica así para desmitificarlos y alejar a los creyentes del demoníaco culto a estos seres. Se lee en el versículo 6 una reflexión respecto a Jesús de Nazareth, el ser designado por Dios a ser el representante físico de su promesa cumplida. Esta meditación habla sobre la humanidad de Jesús, su condición temporal y el estado inicial de su llegada a este mundo: un ser humano desprovisto de toda gracia, que tuvo durante su vida que agenciarse todo: la gracia de Dios y de los hombres.
Hacemos un paréntesis para decir que, al nacer, recibió alabanzas de magos. Recibió indirectamente por obra de Dios recursos económicos y en especie para sortear la huida a Egipto. Dios, en su lealtad a sí mismo, envió a un ángel para advertir a José escapara de la influencia de Herodes pues no intervendría de modo espiritual.
Cuando se hizo adulto, fue necesario bautizarle para que recibiese al Espíritu Santo y así tener la comunión con el Padre. Este mismo proceso es el que todos nosotros los creyentes haremos, tarde o temprano. Pero en el caso de los judíos, es necesario despojarse de toda podredumbre doctrinal judaica.
Tanto así fue el inicio de Jesús que inició siendo menor a los ángeles, cuál hombre natural sin Dios; es decir, cualquiera que no confiese a CRISTO como el Hijo de Dios. Solo los creyentes somos elevados de categoría con respecto a ellos, al ser coherederos e hijos espirituales adoptados.
Gradualmente conforme fue obedeciendo a la Voluntad del Padre, fue recibiendo los atributos que ahora le distinguen como Rey de Reyes. Primero, el poder; luego la obediencia de espíritus; después el perdón de pecados; sanidad; los elementos naturales; posteriormente ser alabado y confesado por algunos; resucitación de su amigo Lázaro y finalmente, la muerte. Tres días en el seno de la tierra y luego la victoria sobre ésta misma y el adversario, el diablo. Debió gustar el amargo sabor de la muerte para que pudiésemos pasar de muerte a vida por él, cosa que no todos los judíos creen (la resurrección).
Así todas las carencias que él sufrió ahora él las suplirá a nosotros, sus creyentes. Pero en el caso de los israelitas creyentes son santificados a ellos y son dignos de no ser nombrados más siervos o pueblo, sino hermanos de él.
Finalmente, Jesús de Nazareth no socorrió a ángel alguno, sino solo las criaturas descendientes de Adán y Eva. Más específicamente, la descendencia de Abraham, el fundador de la nación israelita, pero no la religión judía todavía. A estos, el remanente santo, son a quienes se les anuncia esto, para sabiduría y a los incrédulos judíos para evidencia de que fueron informados.
Los hermanos en Cristo cuyo origen es Israel son tentados a tergiversar su evangelio para compaginarlos y regresar a Moisés, pero si el Señor Jesús supo derrotar al malo cuando fue tentado en el desierto, entonces poderoso es para evitar nuestros congéneres de la fe caigan en ese craso error.
Así que amados, también ellos son susceptibles de ataques del enemigo, no solamente nosotros los gentiles, el propósito de esta carta es que el Espíritu Santo nos alerta a nosotros los gentiles oremos por ellos (así también ellos por nosotros) que no caigan en esta apostasía. Cristo es y será nuestro único evangelio, el único lazo espiritual que nos une a Dios, el Padre celestial Quien nos amó y eligió desde antes de la fundación del mundo, poniéndolos a ellos en aquel lado y a nosotros en este. Somos los mismos, ambos orígenes creyentes.
La paz, gracia y misericordia del Señor Jesús es en ustedes amados hermanos, amén.
2 Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. 2 Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, 3 ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, 4 testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad. 5 Porque no sujetó a los ángeles el mundo venidero, acerca del cual estamos hablando;
6 pero alguien testificó en cierto lugar, diciendo:
¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él,
O el hijo del hombre, para que le visites?
7 Le hiciste un poco menor que los ángeles,
Le coronaste de gloria y de honra,
Y le pusiste sobre las obras de tus manos;
8 Todo lo sujetaste bajo sus pies. m Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas.
9 Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos. 10 Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos. 11 Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos,
12 diciendo:
Anunciaré a mis hermanos tu nombre,
En medio de la congregación te alabaré. m
13 Y otra vez:
Yo confiaré en él. m Y de nuevo:
He aquí, yo y los hijos que Dios me dio.
14 Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, 15 y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. 16 Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. 17 Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. 18 Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.

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