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La muerte y sepultura.

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 30 ago 2020
  • 3 Min. de lectura

Amados hermanos del Señor Jesucristo: la paz y gracia, además del inconmensurable amor de Cristo sea en su espíritu, que el Padre les guarde de todo mal y les libre de toda tentación: Paz y Salud.


“Agradable es al Señor la muerte de sus santos” se lee en la biblia. También hay otros versículos referentes a las almas que salen de este mundo sin Cristo. Sin embargo, tanto a unos como a otros nos ocurre el mismo proceso físico (dar el último hálito de vida). Amados, para algunos sigue siendo un tema tabú, duro de tocar y difícil de procesar, pero es parte del sentir de la carne, sabedora que su corrupción es cercana y tan solo el pensar en ella (porque a nadie le es dado verse corromperse después de partir) genera sinsabores de lo más variado.


Pero en Cristo, importa partir de aquí, porque en el caso nuestro es dejar este cuerpo de pecado y ser inmediatamente llevados al Paraíso a esperar por la venida de nuestro amado Señor Jesucristo. Estar en un lugar de gozo, el reposo de ser libres de un estado de pecado; ser liberados de la segunda muerte y solo esperar nuestro galardón es lo mejor que puede ocurrir.


Pero ya partiendo de aquí, considerando al cuerpo que queda, algunos hermanos cavilan sobre si es correcto dejar que el cuerpo se haga polvo naturalmente o acelerar el proceso mediante la cremación, incluso algunos métodos que usan el agua. La escritura es clara: sea como sea la promesa es que seremos polvo, el tiempo y la forma es irrelevante. Lo que acomode a cada familia es lo mejor, siempre y cuando todo se haga en el nombre del Señor Jesucristo para evitar disputas y lazos del diablo en cambios de opinión.


Algunos pueblos tienen por costumbre quemarlos, otros enterrarlos, otros cremarlos; más esto es irrelevante: importa que el fallecido haya creído en Cristo porque, de cualquier forma -en el día postrero cuando Cristo venga por segunda vez-, él con su poder nos dará un cuerpo de gloria con el cual nuestra alma tenga su corporeidad espiritual repuesta, así que la carne corruptible no será más. No olvidemos que aquí poseemos un vaso de barro, compuesto por cadenas de carbono, oxígeno, hidrógeno y nitrógeno; además de los oligoelementos y elementos trazas que, al ser físicos, serán destruidos cuando Dios prenda fuego a todo esto y dar lugar a su nueva esta vez perfecta creación, ahora sí, acompañada y liderada por Jesucristo, Señor nuestro.


Así que, gocémonos de partir, establezcamos un plan familiar de atender el modo apropiado de dejar ir al cuerpo; sean cenizas o ataúd puesto que en nuestra muerte el Señor se goza y debemos imitarlo en no llorar de más y caer en idolatrías hacia los muertos, en virtud que Dios no es Dios de muertos sino de vivos, y no solo los vivos de aquí, sino los que ya están en el Paraíso.


En cuanto a qué forma tendremos, tampoco creemos sea relevante: ancianos, niños, jóvenes porque el Señor sabe cuándo partiremos y él sabrá al resucitarnos qué función desempeñaremos en el milenio, si estar en la nueva Tierra y en el nuevo cielo. No nos adelantemos, sino primero, reforcemos nuestra salvación siendo obedientes a su palabra, guardarnos en el amor, practicar la fe y vivir la esperanza de gloria. Y si alguno tiene duda, Señor tenemos, un Espíritu Santo tenemos que revelen este asunto para edificación de la congregación y no soberbia; pero para saber estos tiempos y sazones primero debe de andar como él anduvo. Hasta entonces, que la paz, la gracia, el consuelo y el amor del Señor Jesucristo es con todos ustedes amados hermanos, amén.

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