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Las Fiestas Patrias

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 20 sept 2020
  • 3 Min. de lectura

Amados hermanos en la fe a Cristo, congéneres de la salvación y creyentes dispuestos en toda la Tierra: la paz, gracia y poder del Señor Jesús esté en ustedes, sabiendo que cada día que pasa es de suma importancia para nosotros, pues la redención es cada vez más cercana, amén.


De hecho, en nuestro natal México está la celebración y júbilo a todo lo que da, pues motivos hay muchos por los cuales la población considera es tiempo de plácemes, a pesar de la pandemia y crisis económica. Similar en las hermanas repúblicas centroamericanas que salieron de nosotros, pero que ahora decidieron seguir su propio derrotero.


Sentirse independientes del yugo de la Corona opresora, teniendo la firme libertad de elección sobre su tierra, su gente y sus recursos es el anhelo que da vida a las naciones que compartimos esta fecha es el pensar de muchos. Los colores, las figuras, las escenas, recuerdos, relatos, testimonios, olores y ceremonias exaltan los sentidos humanos al por mayor. Héroes nacionales y sus gestas, canciones e himnos que dignifican la patria terrenal, en el caso mexicano el tan famoso “Grito” de independencia de la esclavitud que el imperio español tuvo sobre los ancestros…


Pero todo esto, amados hermanos, es un simple reflejo de lo que habrá de venir. Lo que ningún ente humano ha hecho jamás sucede ahora: el pecado es esta esclavitud que tenemos todos los nacidos de mujer. Seguimos en la atadura a este cuerpo mortal donde es menester iniciar la lucha de independencia contra el pecado, la carne y los deseos del adversario de Dios; aunque Cristo, nuestro Señor Libertador de almas nos libera de tal yugo inmediatamente y con su lugarteniente, el Espíritu Santo, nos lleva a ganar batallas en nuestro campo de acción (mente, corazón y alma) si le dejamos él establezca las estrategias de salvación.


Y nuestra primera batalla la ganamos al partir, pues dejamos este cuerpo de carne corruptible y nos hacemos de alma desnuda pura y salva por nuestro Señor Jesús al morir en la cruz.


En la segunda que nuestro Libertador, nuestro Señor y Salvador, hará en Apocalipsis contra todos los verdaderos adversarios: bestia, imagen, anticristo, diablo y séquito de seguidores, será la verdadera lucha de independencia nuestra.


¡El Señor JESUCRISTO, con todo su esplendor y poderío luchará y vencerá por nosotros! Ya murió por nosotros y ahora luchará por nuestra vida para procurarnos ¡la verdadera patria, la celestial, eterna cercana a nuestro Dios y Padre! Nuestro héroe y único prócer es Jesucristo, poderoso Hijo de Dios, a quien amamos, servimos, obedecemos y esperamos su venida.


Sólo él, a través de Armagedón, podrá asegurarnos ya no ser tentados, ser criaturas ahora sí perfectas, pues Él, habiéndonos limpiado con su sangre, y el Padre, habiéndonos adoptado y dado vida eterna ya no caeremos como Adán y Eva y estaremos siempre vivos junto con la Deidad. La patria de aquí es solo un caricaturesco reflejo de la portentosa eternidad que se avecina.


Entonces pues hermanos, nosotros celebremos a Cristo, añoremos su venida y esperemos en él quien nos libertará. Los aires de libertad se aproximan. Nuestra guerra se acerca y debemos fortalecernos para que, en lo que el Señor disponga, estemos listos y seamos orgullosos soldados suyos, útiles para el ministerio, aquí y ahora, lo que nos toque vivir. Reclutar almas para él, poblar la nueva patria, la celestial.


Y para algunos curiosos quienes preguntan: ¿entonces, es pecado o es malo celebrar las fiestas patrias de la nación en la que vivimos? La respuesta es: No. Hay libertad de hacerlo. Pero sepamos que es vano pues, aunque en el corazón sepamos que es gracia del Padre nos concede esta libertad en la Tierra, muchos aquí, los que aún no son revelados son susceptibles de idolatría. Y recordemos que nuestra prioridad es Cristo. En libertad podemos, en espiritualidad hay mucho trabajo por hacer todavía. De modo que, si es necesario, celebremos a Cristo en estos días mediante acciones de gracias ante los inconversos, porque en aquellos no había esta libertad de confesarle, cuyos hermanos en esa época (de la independencia de cada nación en particular) vivieron en condiciones muy diferentes a las nuestra. Esa es la celebración en todo caso.


La paz, amor y esperanza en el Señor Jesús es en todos ustedes amados hermanos, quienes clamamos a una voz ¡Ven Señor Jesús!, amén.

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