Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios.
- Cuerpo Editorial

- 7 nov 2020
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Actualizado: 15 nov 2020

Amados de Dios y de Cristo, lectores preciosos e invaluables: que la paz, el amor, la fe la fortaleza de nuestro Señor Jesucristo sean plenos en ustedes, que sean guardados de todo mal y libertos de toda tentación, por el amor de Cristo Jesús, Señor nuestro, amén.
Como mencionamos anteriormente, la carta escrita por el apóstol Santiago está redactada a los varones israelitas quienes creen en el Señor Jesucristo como el Hijo de Dios, en su camino de renunciación de todo lo judaico hacia la sana doctrina del Señor Jesús, de acuerdo con las revelaciones hechas por el Espíritu Santo. De manera que, hermanos gentiles, sírvanse en leer para enseñanza al respecto, no comparándose con ellos, sino más bien orando para que sean liberados de estas sutilezas satánicas de regresar a lo antiguo.
El día de hoy, tenemos a su disposición para lectura y meditación por el Espíritu el pasaje comprendido en el capítulo 1 de dicha carta entre los versículos 12 al 18.
Ya establecimos el marco histórico sobre el cual se escribió y redactó la carta: un momento aciago, terrible, insufrible: la caída de todo lo conocido como “la ciudad del Dios de Israel”; la toma, profanación y destrucción del edificio idolatrado llamado “templo de Dios”, el saqueo y la demolición de la capital política, religiosa y moral de dicho pueblo asentado en ella.
Pero el apóstol Santiago, fortalecido en el Espíritu Santo, menosprecia dar detalle de estas características terrenales y se remite solo a hablar lo que a Dios conviene (propagar las buenas nuevas a toda la Tierra y no lamentarse en la calle por un puñado de tierra estéril para Él). De hecho, el versículo 12 corta con todo lazo sentimental falso de nacionalismo o apegos diabólicos al rito de sacrificio cuando reconoce y bendice a quien acepta de buena gana la condición de soportar la tentación (lamentarse y querer regresar a la Jerusalén ya destruida). Muy por el contrario, quien voltea sus ojos a la libertad de Jesucristo -ya no estar atados a una esterilidad ritual y dogmática dentro de los muros de Jerusalén- llevará una corona de vida, reservada solo a quienes aman a Dios resistiendo y pasado esa prueba.
Lo que para nosotros los gentiles el mandato es salir de Egipto, para los israelitas es salir de Jerusalén al resto del mundo, para pregonar el testimonio del Señor Jesús en su vida, ya no como judío, sino como un liberto creyente hijo espiritual de Dios por la fe en nuestro Señor Jesucristo.
Luego viene la seria advertencia -como en todo relato escrito a este pueblo tan poco entendido en los asuntos del Señor-: está prohibido decir que son tentados por Dios o de parte de Él (como se solía decir en tiempos antiguos). ¿Por qué? Porque Jesucristo fue tentado por satanás, no por Dios ¿Cómo podría Dios desear tentar a su propio Hijo para hacerlo caer? ¿Qué tipo de Dios y Padre sería Jehová entonces? Y si ahora en la gracia, son tentados ciertamente todos los creyentes israelitas, no es por Cristo, ni por Dios -pues extensión y representación del Señor Jesús son- sino por su propia concupiscencia, es decir, la maquinación carnal de pretender regresar e imponer el modelo judaico al interior de las congregaciones de Jesucristo. Todos son atraídos, pero no todos son seducidos.
¡Libre nuestro amado Señor a los hermanos varones israelitas en Jesucristo de caer en semejante sacrilegio!
¿Cómo describe el apóstol este proceso de caer en la tentación? En el versículo 14 expone la premisa principal. Estando ya en la carne, en esta vida, la oportunidad está. Luego si tal creyente NO SE FUNDAMENTA EN JESUCRISTO, entonces llega el momento de tentación en el desierto espiritual y se le muestran los reinos, el poder, la fama, si postrado adorare las sutilezas de Satanás, tomándolas para sí. Quien tiene oído, oiga lo que el Espíritu Santo declara a las congregaciones. Acto seguido, considerando “bueno” aplicar conceptos judaicos en el interior de la congregación, imponer a los nuevos e indoctos cargas ajenas a los mandamientos de Jesucristo es cuando la concupiscencia concibe como en el versículo 15. Posteriormente, da a luz el pecado: el dicho, la acción consistente de seguir contaminando la pureza de congregarse en torno a Jesucristo a congregarse en torno a un lugar santísimo, un tabernáculo o siguiendo modelos ajenos al mover del Espíritu. Cierra el mismo versículo 15 declarando que, terminando la obra, es decir, contaminar la iglesia de Cristo con conceptos judaizantes por falsos hermanos “mesiánicos” se da a lugar la muerte de muchos, los engañados y los engañadores, si persisten en andar en error.
Cualquier acto que niegue la eficacia del sacrificio de Jesucristo mediante el derramamiento de su sangre; la negación de su resurrección; el establecimiento de su doctrina en las congregaciones; la implantación de normas ajenas a lo escrito en el nuevo pacto; y en general, cualquier cosa, dicho o hecho que pretenda suplantar a Jesucristo mismo por obra de cualquier persona de origen judío cae en este proceso deleznable.
Por eso, el apóstol escribe en el corto pero conciso versículo 16 que no pueden equivocarse en el planteamiento, en la concepción de este saber, en su meditación y, por lo tanto, en su aplicación diaria. Además, abre el corolario para el versículo 17 que dice en otras palabras acerca de Él, como Dios de luces, es Quien provee toda buena dádiva y todo don perfecto. Estas luces que de Él emanan, no varían ni disminuyen, sino son completas e intensas siempre. Todo creyente israelita quien ama a Dios, le confiesa como Padre, cree y no niega al Señor Jesucristo y cree que su destino no es la Jerusalén terrenal, sino la espiritual que viene ya lista para ser habitada.
Pero solo los creyentes a quienes Dios les da la potestad de nacer de nuevo por Su voluntad (esto es, para quienes todavía dudan como Nicodemo en tiempos de Jesús) por la palabra de verdad, o sea Cristo y su evangelio aplicado en la vida de tales, sean constituidos primicias de sus criaturas, dicho en otras palabras, lo mejor de lo mejor en esta vida, reflejos y dignos representantes suyos en este planeta.
Por eso, amados hermanos, lectores y creyentes cuyo origen es Israel: deben salir de todo lo que implique estar atados a Jerusalén, a la religión, a la carne y sus costumbres que ya en Cristo todo esto ya quedó obsoleto. No vuelvan atrás. Si salen, es para regresar jamás, porque ahora, como nosotros los gentiles es que salgan a ser peregrinos en esta Tierra, para traer más o más conversos. Debemos salir al mundo para dar testimonio, pero sin contaminarnos.
Ya están notificados hermanos en lo peligroso que es pretender regresar a lo que ya no es. Es solamente Cristo, nada más. Ponemos el fundamento escritural encontrado en Santiago 1:12-18.
La paz, gracia y misericordia del Señor Jesús esté en su espíritu. El Espíritu y la Iglesia claman a una: “Ven Señor Jesús” amén.
12 Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman.
13 Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie;
14 sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.
15 Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.
16 Amados hermanos míos, no erréis.
17 Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.
18 El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas.

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