Divorcio y adulterio
- Cuerpo Editorial

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Que el amor, la paz y la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos ustedes, amados lectores, en su espíritu rebosante, amen.
Nuestro amado Señor Jesucristo, después de enseñar sobre la importancia de la fe, ahora, gracias a la impertinencia de los fariseos, enseña sobre la fidelidad
Nuestro marco de referencia actual para esta ocasión, Marcos 10:1-12, nos revela que Jesús hizo otra travesía, con otro pueblo al extremo opuesto de la orilla del Jordán a hablar como dice textualmente como solía.
Antes de poner el texto, consideremos que la Escritura nos enseña que el Señor es multiforme en su enseñanza. A esta parte del pueblo se les habla de un asunto que no nos es revelado, no porque sea irrelevante, sino porque viene lo que es para nosotros los gentiles, los de este siglo.
Ahora sí, se añade el contenido:
1Levantándose de allí, vino a la región de Judea y al otro lado del Jordán; y volvió el pueblo a juntarse a él, y de nuevo les enseñaba como solía.
2 Y se acercaron los fariseos y le preguntaron, para tentarle, si era lícito al marido repudiar a su mujer. 3 Él, respondiendo, les dijo: ¿Qué os mandó Moisés? 4 Ellos dijeron: Moisés permitió dar carta de divorcio, y repudiarla. 5 Y respondiendo Jesús, les dijo: Por la dureza de vuestro corazón os escribió este mandamiento; 6 pero al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios. 7 Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, 8 y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno. 9 Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.
10 En casa volvieron los discípulos a preguntarle de lo mismo, 11 y les dijo: Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; 12 y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.
Entonces, de nuevo vienen los fariseos a tentar a Jesús con el objetivo de hacerlo caer en alguna palabra contradictoria a la ley mosaica, puesto que el pueblo tenía en alta estima tal ley -aunque muchos la ignoraban pues los fariseos compartían lo que querían y escondían pasajes enteros que los delatarían como farsantes-.
Y el dogma ahora no era algo simple, sino un tema tabú y fuerte: el repudio a la mujer por parte de un marido. Aquí, menoscaba la unidad matrimonial, pone a los géneros a la expectativa y lo enfrentan a la multitud que moralmente no daba fruto alguno, menos en lo espiritual. Nuestro Señor tenía que andar con cuidado, dado que la carne es muy débil y ellos estaban listos para azuzar a la multitud en su contra. Sin embargo, por el poder del Espíritu Santo dentro de él, con magistral sabiduría primero les pregunta el marco legal de tal pregunta perniciosa. Ellos rápidamente contestan sobre lo que Moisés dijo y le dijeron que sí era lícito bajo el precepto de divorcio es que se da el repudio.
Y con una frase, los deja de nuevo, avergonzados: “Por la dureza de vuestro corazón os escribió este mandamiento;” tras lo cual confirma que ellos prefirieron dejar de amar para odiar, en este caso a su propia carne y sangre, pues escrito está que varón y hembra uno son, pues la mujer salió de la costilla del varón. Entonces el hombre que repudia a su mujer solo por repudiarla atenta contra sí mismo, pues él mismo la eligió.
Las personas que se casan por la vista, por interés, por necedad o rebeldía y no esperan el llamamiento de lo Alto sufren luego las consecuencias de su torpeza. Y luego, al no querer hacerse responsables de sus actos desechan a sus parejas y se divorcian. Pasa el tiempo y la carne en su necesidad de ayuntar busca a otra pareja y con la misma filosofía insensata vuelven a divorciarse algún tiempo después. Así hasta que mueren en ese pecado, y lo peor es que antes el divorcio era algo que la sociedad castigaba en su falsa moralidad e hipócrita sentencia y ahora es una estadística sin importancia.
Entonces el divorcio es consecuencia de la falta de amor. Podemos ver que la sociedad actual ya es laxa al respecto: romantizan y humanizan, suavizan y matizan lo que a ojos vistos es un pecado grave. Esa dureza de no perdonar y echar fuera es algo que el hombre hace cuando su comodidad se ve lastimada. Aquí solamente se centra en lo que los fariseos propusieron a Cristo, hay otros casos que requieren especial atención a las circunstancias que no es propósito de este tema. Ya cuando se cubran en otros pasajes se verán.
Regresando al punto, el odio causa divorcio, separación total de dos entes que antes fueron uno. Y viene el segundo golpe de autoridad: la antítesis del mandamiento mosaico: lo que Dios hace es perfecto. Cuando creó al hombre y luego a la mujer, fueron uno. Así se mantuvieron incluso cuando fueron echados del Paraíso. Pero luego la concupiscencia con el devenir de las generaciones provocó que ya quisieran estar no unidos, sino juntos por intereses. Lo podemos ver en la supuesta “alta” sociedad, donde se cuidaban de casar a los vástagos con los mejores elementos posibles por tierras, títulos, dinero, fama y poder, con muchos matrimonios que fueron desastre. Lo que Dios une (que por sentido común se sabe) si Dios crea los cuerpos y manufactura las almas, entonces sólo Él sabe quién es el mejor partido para cada cual. El Padre, como también sabemos, nunca pone a uno pruebas que no pueden superarse pues sería cruel y por tanto, sabe quiénes no son para tal persona en particular. Así como no se puede comer de todo porque es tóxico, tampoco todas las personas son las correctas para el alma de alguien, por su propia naturaleza. Estas personas a su vez, son buen partido para otras totalmente distintas a nosotros y nosotros mismos no somos los correctos a otras personas que pudiera parecer que sí. Solamente el Padre sabe las conexiones sensoriales, emocionales, cognitivas, almáticas y de espiritualidad de cada alma viva. Entonces sabe dónde se hace “click” con UNA SOLA PERSONA. No hay catálogos de repuestos de cuerpos, no hay existencia en el almacén de almas ni inventario listo de sentimientos en espera de ser descubiertos.
Es aquí donde vuelve a errar el hombre, pues ahora el Señor dice: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, 8 y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno. 9 Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.”
La decisión es única en la vida. No hay chances, no hay oportunidades, no hay pruebas ni ensayos. No somos juguetes, herramientas, artículos desechables, escalones, apellidos, etnias, alcurnias o talentos. Somos alma, mente, corazón, carne y hueso fundidos en un cuerpo, que DIOS manufactura para el gozo de alguien más.
Si las personas no fueran infieles a Dios, incrédulas de Dios y enemigas de Dios, no sufrirían divorcios ni repudios. Incluso Dios crea para Sí algunas personas que no están diseñadas para estar casadas, aunque el mandamiento es: “creced y multiplicaos” y más ahora a los hermanos en Cristo Jesús.
¿En que se basa lo anterior? El mismo Señor Jesús enfatiza diciendo: dejar al padre y a la madre, o sea, ser independientes ya de ellos en todo: en lo espiritual y en lo físico. Así como Adán y Eva salieron de la presencia de Dios para habitar la Tierra y formar el mundo, así el hombre debe buscar su nueva tierra y su nuevo mundo pero ahora guiados en Cristo Jesús como el camino a agradar a Dios, creyendo que lo que Dios provee es bueno para el alma que le ha pedido una mujer.
¿Por qué se habló de fidelidad? Porque el mismo Señor Jesús dice: Y SE UNIRÁ A SU MUJER. No dice “mujeres”, como si hubiera prueba y error. ¡NO! Entonces, no hay espacio para el repudio, sino para el perdón, el diálogo, la sinceridad y el mutuo acompañamiento EN TODO. Y esto es la fidelidad. Obviamente la carne es débil: hay defectos, manías, conductas, debilidades, añoranzas, hábitos, flaquezas, etc., pero el antídoto para todo lo anterior es la unción del Espíritu Santo en ambos que les llevará a renunciarse para agradar a su cónyuge.
¿Cuál es el argumento que destroza la hipocresía del repudio? Que Jesucristo a nadie repudia de los que el Padre le mande. Y además, que él jamás repudiará a su Iglesia, su novia amada. ¿Se imaginan la desgracia de no tener un amor firme por debilidad o vanidad? Si Cristo nos cambiase por otra Iglesia, sería terrible. Y es por eso que Jesucristo es Maestro de Fidelidad y Amor y quien quiera un matrimonio sano, completo y firme, que siga su camino y crea en todo a Él.
Y por eso él nos enseña eso a nosotros, los que vivimos en este siglo. Porque como hijos debemos ser fieles en todo a Jesucristo, no guiarnos por la carne, la vanidad, el mundo y la displicencia. Y como padres, enseñar a los hijos no ser débiles, ser fieles, obedientes, astutos y llenos de fe, amor y esperanza de que la pareja llegará en su momento. Y si no llega, mejor aún: son elegidos para servir directamente al Señor.
Y si alguien repudia a su “media naranja” ¿se repudia a sí mismo?
Lo fuerte viene a continuación: no al pueblo, no a los fariseos, sino a la Iglesia: 10 En casa volvieron los discípulos a preguntarle de lo mismo, 11 y les dijo: Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; 12 y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.
Como Dios no hizo esa unión, entonces esa unión no es legal ante Sus ojos, sino producto de los factores antes mencionados, en cuyo caso, al haber odio y luego repudio, viene el adulterio, porque entonces viene la ley de que solo la muerte natural los separe.
Este pecado es muy delicado porque implica someter la carne a pasiones desenfrenadas, a desórdenes mentales y a adicciones del alma en prácticas que llevan a la perdición. Y si se fijan, ahora el Señor Jesús describe los tiempos de ahora, donde también las mujeres toman ese tipo de decisiones y asimismo ellas pecan. Nuestro Señor fue directo al punto y de hecho, los fariseos ya no figuraron porque solo fueron el contexto inicial, así que la conclusión es para la iglesia: que los hermanos deben casarse solo en los términos de Dios y no en los preceptos mundanos, porque de esa manera se le tienta a ÉL como diciendo: “Yo sí sé con quién me caso y Tú, Dios, no sabes”.
El Único que cimenta y construye el edificio llamado matrimonio es Dios, se perfecciona con el evangelio de Jesucristo y se fortalece con el Espíritu Santo. No hay más. Una mujer para cada hombre y un hombre para cada mujer. Luego la viudez. Y si no hay un hombre para esa mujer y no hay una mujer para ese hombre, entonces les espera la consagración de servir al mismísimo Padre en las labores espirituales que a su tiempo les serán encomendadas.
Que el amor, la gracia y la misericordia de Cristo Jesús sea en todos ustedes amados hermanos, amén.

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