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Editorial 345 - Las guerras en el mundo

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 15 nov 2020
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 21 nov 2020


El príncipe de este mundo (satanás) vs el príncipe de paz (El Señor Jesucristo)


Durante mi vida he oído o escuchado por gente ignorante el acusar a Dios por los problemas de este mundo, no ha quedado claro que el enemigo de Dios (satanás) es el príncipe de este mundo, él es el que se encarga de dirigir y orquestar todas las contrariedades, divisiones e inclusive la desunión de los hombres, él vino a matar y a destruir. Leamos lo que dice Santiago en su carta en el capítulo 4 versículos uno y dos: ¿de dónde vienen las guerras y los pleitos en vosotros? ¿no es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?

Las guerras a través de la humanidad se llevan a cabo por muchas causas y factores en las cuales podemos enunciar algunas de ellas: envidias, posesiones, ideologías, supremacías, distribución de riquezas, odios regionales, incluso por la imposición de religiones. El Señor Jesús profetizó para advertencia a sus discípulos en Mateo 24 versículos: 6 Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin.7 Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. 8 Y todo esto será principio de dolores.

Así mismo, en la historia de la humanidad se han suscitado guerras de los más diversos conflictos, forma parte de los acontecimientos necesarios para vivir en este mundo, siendo parte de su naturaleza. En Lucas están escritos en el capítulo 14 los siguientes versículos: 31 ¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? 32 Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos, le envía una embajada y le pide condiciones de paz. Usa el ejemplo de la guerra para explicar lo que cuesta seguirlo. Notará usted amigo lector que el Señor Jesús no se escandaliza por utilizar analogías con ejemplos que se encuentran en el mundo.

Podemos agregar también el hecho de que los ejércitos son instituciones aceptadas por Dios para salvaguardar la población de un país, pues el mismo Señor Jesús reconoce las cualidades y virtudes requeridas para ser de la milicia terrenal. Un ejemplo es lo que describe en Mateo 8: 8 Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. 9 Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. El centurión romano describe a los soldados que es un oficio que requiere diligencia, responsabilidad y sacrificio como vocación, como además se menciona en el pasaje bíblico de Lucas 3: 14, el cual relata que algunos soldados se acercaron con Juan el Bautista. 14 También le preguntaron unos soldados, diciendo: Y nosotros, ¿qué haremos? Y les dijo: No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario. Por lo demás deben hacer su trabajo, es decir, ser constantes y hacendosos en sus encomiendas, puesto que es la ejercitación de la disciplina.

Sin embargo, la diferencia entre el pueblo judío y la iglesia de Cristo, es que los primeros están diseñados para sufrir de guerras, todo el antiguo testamento habla de guerras a través de batallas y luchas que sostuvieron con otros pueblos para establecerse y Dios aceptaba ese mover. Las guerras constituyen un ejemplo de cómo la humanidad es absorbida por el enemigo de Dios para exterminarla. Todo lo contrario, ahora en la iglesia lo nuestro es vivir en la paz del Señor Jesucristo.

Aunque en el ministerio de Cristo, el apóstol Pablo hace un gran comparativo de los evangelistas del Señor Jesús con un soldado en segunda de Timoteo 2:3 al exigirle que es su parte en la labor de esparcir la sana doctrina sufrir penalidades ya que los soldados están bajo condiciones rigurosas. Y sin lugar a dudas los soldados tienen derecho a sueldos por el peligro de su oficio. Así es la vida de un evangelista, labor ardua y constante.

En Efesios capítulo 6 en los versículos 10 al 20 el Espíritu de Dios, a través de Pablo, nos enseña la armadura espiritual que debemos usar para fortalecernos, discerniendo que las armas señaladas son defensivas y la única arma de ataque constituye la espada que en forma analógica es la palabra de Dios: no para predicarla sino para aplicarla en nuestra vida. Aquí se equivocaron las religiones y denominaciones de conquistar haciendo guerras en el nombre de Dios, pues la defensa de la fe siempre debe ser constante y no matar por probar o querer imponer un punto, lo que implica que las guerras entre los países en múltiples ocasiones son inevitables y por ello hay que cumplir con los mandatos en el mundo, puede haber hijos de Dios en los ejércitos y entrar en una guerra y deberán luchar en los cuidados de Dios.

Pero, los hijos de Dios somos llamados a paz, no debemos de inmiscuirnos en las guerras humanas por nuestra voluntad o mucho menos provocarlas, sino sujetándonos a las leyes de nuestros países en caso de ser requeridos. Ese es el testimonio que debemos de ofrecer ante los ojos del mundo. Uno de los conocimientos y sabiduría con que contamos es que este no es nuestro mundo y no tememos a la muerte porque un día más en esta vida es un día más tarde en la eternidad prometida del Señor.

Nuestras batallas son espirituales como lo explica el apóstol Pablo en la carta a Timoteo cap 6: 11 Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre.12 Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos.

Esa es la verdadera lucha que los hijos de Dios debemos de enfrentar, el apóstol Pablo en su despedida nos exhorta a través de Timoteo por el Espíritu Santo: 6 Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano.

7 He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.

Las guerras del mundo son precisamente asuntos del mundo y su príncipe; las batallas espirituales son las que día a día nos permiten salir más que victoriosos y andar de victoria en victoria, esas que nos proveen vivir cada día confiar más en el amor y misericordia de Dios, en su bendito plan de salvación para sus hijos por medio de la fe, de habernos otorgado su Espíritu Santo en nuestra vida, en el testimonio de amarnos con amor fraternal y de vivir con la esperanza de que algún día seremos como él.

Si el mundo está revuelto con tanta contienda, es porque así le place, tanto a las sociedades como a su gestor, el enemigo. Esto gracias a que todos dicen tener la razón, por tanto, nadie cede; además de envidias, rencores, codicia, avaricia, odio, etcétera que aportan sazones peligrosas y desembocan en tales conflictos armados, unos de corta duración y otros que continúan por generaciones.

De hecho, nuestro Señor Jesucristo es la contraparte a este príncipe que tiene concesionado este mundo, puesto que él es el Príncipe de Paz que habrá de venir para restaurar la verdadera paz y seguridad, destruyendo y apartando al pecado, al diablo y sus secuaces.

De manera que no hay nadie, ni demonio en el mundo quien nos acuse, todo ha sido pagado por el Señor Jesús con su muerte y derramamiento de su sangre en la cruz y por si fuera poco recordar que, en su plenitud de poder, voluntad, soberanía y omnipotencia fue de su agrado salvarnos y otorgarnos la vida eterna. A él sea la gloria, honra, majestad, imperio, dominio por los siglos de los siglos. Amén, amén, amén.

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