Editorial - 588 Los afanes de este mundo
- Cuerpo Editorial

- 10 ago 2025
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Amados hermanos nuestros, que la paz, gracia y amor del Señor Jesucristo sea con ustedes, en su espíritu, amén.
Todos hemos experimentado el pesar de tener un afán. Sí, esa tarea pendiente, ese deber obligatorio, esa promesa por cumplir y que se llega el tiempo de honrar, ese compromiso impostergable, entre otras percepciones más.
Lo cierto es que no es cómodo en cualquier modo, rompe la paz y destruye todo equilibrio. Provoca la desatención a lo demás y la obsesión por ese asunto tan particular.
Una mente afanada no piensa, se mortifica.
Un corazón afanado no siente, se obsesiona.
Un alma afanada no brilla, se apaga.
En el mundo está el criadero de afanes por excelencia. Si algunos dejan de ser útiles, la maldad, la humanidad y el pecado crearán nuevos especímenes que sigan contaminando al planeta espiritualmente hablando.
El enemigo bombardea el alma y mente de millones para esclavizarlos en los dichos de su boca, en sus promesas y en su soberbia de no buscar a Dios, a través de nuestro Señor Jesucristo quien dijo claramente: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar” hallado en Mateo 11:28.
Al ser carne, nuestro Señor también experimentó de la ansiedad y el afán. Como lleno del Espíritu Santo, descifró este espíritu su acción y efecto y los contrarrestó, dándonos esta bocanada de aire puro. El Señor sabe de nuestros apremios físicos, por eso es que hace 2,000 años que se comprometió a decir esto.
Si creemos en sus palabras, a cambio de estas pesadas cargas nos da la paz, el entendimiento y la fuerza para cumplir y eliminar al afán de nuestra vida. Esa causa cruel que nos desasosiega por fin es echada fuera de nuestra vida y mientras estemos fieles y fuertes en la fe, el embate del embuste de los afanes no causará mayor problema que tolerarlos y erradicarlos.
Amados de Dios y Cristo, nuestro Salvador: no caigamos en las estratagemas del mundo, que se inventa necesidades, estatus, obligaciones, moralidades para distraernos de nuestra función primordial que es ser sal y luz, sabor y visión a quienes no tienen al Señor Jesús en sus vidas.
Guardemos lo más preciado de nosotros: el alma y el corazón, a buen recaudo bajo las perlas de sabiduría del Espíritu dadas a nosotros por Jesucristo y con la total anuencia del Padre.
Esto hará que gradualmente seamos resistentes, tolerantes y finalmente, inmunes a los efectos del afán, puesto que cada vez más vive Cristo dentro de nosotros y como él, venceremos a este rival espiritual.
Siempre el amor, la paz y la gracia de nuestro Señor Jesucristo deben estar plenos en nosotros, pues así bloqueamos ataques del adversario y es por eso que así iniciamos y terminamos nuestros escritos para la honra y gloria del Señor Jesucristo, nuestro Maestro.
Que el amor y la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea en ustedes, amados hermanos, amén.




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