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Editorial 603: Revoluciones 

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 21 nov
  • 2 Min. de lectura

Que la paz y la gracia de Nuestro Señor Jesucristo sea con todos ustedes amados hermanos, en su espíritu, amén.

En estos días en el mundo se da un hecho por demás predicho de tumultos y protestas contra gobiernos autoritarios. Multitudes que se enarbolan causas de injusticias y clamores populares y los astutos que sacan raja de tales movimientos sin el menor pudor.

Protestar y hacer revolución es un derecho que no todos los países en la práctica conceden a sus contribuyentes, puesto que estorban y entorpecen, lastiman intereses, trastocan cadenas de suministro y ralentizan el flujo de capitales hacia las arcas privadas.

La democracia no existe, el bienestar del pueblo solo es panfleto, la igualdad es un sueño guajiro y el cambio de régimen una quimera.

A lo largo de la historia vemos en qué decantan estos movimientos humanos fuera de Cristo: en destrucción, pérdida de vidas, encono entre prójimos irreparable y extremo, persecuciones y ejecuciones de molestos enemigos.

El enemigo de Dios siempre aprovecha estas coyunturas para robar almas al matar sus cuerpos por estar de incitadores unos, asistentes otros, agitadores y porros. Como iglesia no podemos ser comparsas de este tipo de rebeliones y alzada de armas. Como individuos tenemos que cuidar el mayor y mejor interés: el espiritual y como familia ser sabios y prudentes de no tomar bandera activa en el juego de roles políticos.

Nuestro quehacer es ORAR POR LAS AUTORIDADES, orar por los enemigos, orar y rogar por protección y practicar la santidad de no estar en lugares donde el Espíritu expresamente nos llama a evitar.

Sí, hay injusticias; sí, no hay gobierno justo y perfecto; sí, las causas pueden ser necesarias, obligadas y solicitadas, pero: ¿sus medios justifican el fin? El Espíritu Santos siempre nos llevará a realizar lo conducente para que la administración de los tesoros de Dios no sea trastocada indebidamente y los elementos del cuerpo de Cristo estén a salvo de ese infructuoso lanzamiento de improperios, amenazas, ideologías y anhelos hipócritas de resarcir el daño y lograr hallar paz y seguridad.

Las revoluciones son como los dolores previos al parto.

No es nuestro menester ser abogados, jueces o mediadores entre facciones de impíos y muertos espirituales. Orar para que el Padre arregle esos desperfectos sin derramamiento de sangre, que la concordia y sentido común reinen entre los divididos, que el oído dócil gane al corazón duro y lleno de odio.

Cristo no vino a poner orden y paz en el mundo, ni nos trajo para usar los talentos espirituales y procurar ser estrellitas políticas, lumbreras mediáticas y sabelotodos teológicos.

No seamos insolentes, imprudentes e insensatos. Mejor es la fe, el amor, la tolerancia, la paciencia y la fortaleza que las arengas, afiliaciones partidistas y agrupaciones sociales y humanas.  

Que el amor y la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea en su espíritu amados hermanos, amén.

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